"Es tu primera gran batalla ¿ verdad?"
El enano me miraba un poco apenado. Sus ojos verdes iban a juego con los bordes de bronce de su armadura, cubierta de metal negro. La barba era de color gris y caía sobre su peto. En cada mano un hacha.
¿Tanto se me nota?- la vergüenza empezaba a sustituir al miedo. Los temblores que llevaban invadiéndome desde que llegué.
Bueno-dijo el enano-pasé junto a tu unidad y la lanza traqueteaba en tu mano. Nunca olvido una cara.
Hubo un silencio que el enano volvió a romper.
Disculpa mi mala educación-dijo a la vez que maldecia en enano-mi nombre es Trein, hijo de Glim. Pertenezco al clan de el pico de sangre y tú ¿Como te llamas?
Mi nombre es Andal-me callé durante unos segundos-no conozco el nombre de mi padre y apenas recuerdo a mi madre. Soy de la ciudad costera de Eritlargas
Hmmm-la compasión del enano creció-solo y lejos de casa. Un amargo camino te ha traído hasta aquí.
Sí, mi hermana murió con una daga entre sus manos cuando los piratas orcos asaltaron las costas, hará tres años. Cuando la guerra sobrepasó el río, decidí que la horda sureña llegaría a mi casa antes o después, así que me uní a la primera leva que encontré.
Eres un chico listo-sentenció Trein-en fin ¿Cual crees que será el nombre que los cronistas elfos darán a esta guerra?
No conozco a los elfos-miré con más calma al soldado- pero los pueblos del bosque Nevado no paran de hablar sobre "la gran guerra en el sur".
Ah-se rió Trein- los norteños tienen muchas virtudes, pero la imaginación no es su fuerte. Me sorprende que tengan canciones.
¿Puedo preguntarte algo?-Trein asintió- ¿En cuantas batallas has estado?
Hmmmmmmmm-El guerrero enano se llevó la mano a la barba- bueno, más de 15, si quitamos escaramuzas y cacerías de monstruos en las profundidades de las montañas. Bastantes, incluso para ser un Enano.
La luna se reflejaba en su casco, ovalado y negro como la torre de un templo dedicado a un dios oscuro. Trein se quedó mirando en el escudo del muchacho. Las tablas de madera unidas formando una lagrima habían hipnotizado al enano.
Hijo-dijo Trein-si sobrevives a esta batalla, abandona el ejército. La vida es muy digna sin una espada en la mano.
Andal y Trein siguieron hablando sobre la vida en las ciudades enanas, el placer de bañarse en el mar entre otras muchas cosas. Las horas pasaron y Andal tuvo que marchar a su posición, pues le tocaba guardia. Montar el campamento fortificado había sido un trabajo bastante duro, incluso la ingeniería enana no podía evitar los esfuerzos que suponía cavar una zanja. Los esfuerzos de la guerra habían dado sus frutos. La horda había sido expulsada de las tierras gnomas y habían tenido que reagruparse para poder lanzar una nueva ofensiva. Los piratas, su fuerza naval volvían con el rabo entre las piernas.
Sin embargo se temía un ataque concentrado en la intersección entre el gran río y el río Herid. La zona donde estaba el campamento. Andal se estremeció. Había visto muchos movimientos de tropas en los últimos cuatro días. Mientras estaba en la barricada, recordó como escuchó a un general usar la palabra cebo entre susurros. Aquello le estremeció. El campamento estaba situado en la margen izquierda del río Herid, justo en el cruce de caminos que conectaba la ruta más directa a la ciudad de Eroi, uno de los enclaves más importantes, con el puente más cercano a la república gnoma. Andal empezó a buscar entre el océano de su recuerdos para calmar su espíritu.
El recuerdo de su madre, con un vestido blanco, llevándolo por la playa, consiguió sacarle un sonrisa. Hacía mucho que no recordaba a su madre, o a su hermana, de la última forma que las vio. Había olvidado que sus sonrisas brillaban como el reflejo del sol en el agua y que la dulzura de su voz era mejor que cualquier instrumento.
Su compañero se fijó en un movimiento en el agua; cuando quiso dar la alarma, una flecha lo mató y una andanada cruzó la oscuridad. Con la luz del alba, grupos de orcos y semiorcos salieron de la superficie del agua. La ausencia de nueves cegó a Andal y a sus compañeros, que no pudieron evitar la primera oleada, que trepó por la empalizada con garfios. Cuando pudieron reaccionar los tenían encima. Un hacha cayó sobre Andal, aunque el escudo pudo pararla, la fuerza del impacto empujó a Andal de la empalizada, cayendo al suelo. Tras unos segundos, recuperó la vista. Y desearía no haberlo hecho. Un semi orco acababa de cortar a un compañero suyo por la mitad, otro tenía una saeta clavada en el ojo y un orco había decapitado a su sargento. Entonces llegó el terror. Precedido por una palabra en orco, los asaltantes retrocedieron. Andal lo entendió pero sus compañeros supervivientes no. Una lluvia de flechas los masacraba por segunda vez. Cuando retiró su escudo, le vio. Era enorme, sin pelo y con unos ojos inyectados en sangre que brillaban sin necesidad de que la luz se reflejara en ellos. Su maza avanzó hacia él y solo pudo rodar. La maza quebró el suelo, pero daba igual. En un segundo estaba a medio metro de su cabeza. Solo la rápida intervención de un guerrero enano salvó la vida de Andal. Se interpuso entre la maza y él. El choque metálico silenció los gritos. Solo durante unos segundos.
El enano le gritó que no se moviera y una lluvia de virotes fusiló a los guerreros enemigos. El orco se retorció pues cinco virotes habían perforado su estomago. El enano arrastró a Andal y lo lanzó detrás de la linea. Una segunda andanada fue la antesala de la retirada. El chico se levantó. Su escudo ahora estaba medio roto, aun conservaba la lanza entera y, a pesar de todo, su espada corta seguía ahí. Cuando llegaron a la barricada improvisada, Andal pudo reconocer a Trein,. Su armadura estaba más mellada, había perdido el escudo y solo llevaba un hacha.
Toma chico-dijo mientras le daba un escudo en mejor estado-creo que su dueño no va a usarlo.
¿¿Que está pasando??-los ojos del chico no pudieron contener las lagrimas. Lentamente empezaba a ser consciente de todo.
Nos ha atacado la vanguardia de la horda-dijo Trein- en unos momentos puede que los tengamos encima.
El terror se apoderó de Andal. Sus ropas estaban completamente rotas y sucias. Varios tonos de marrón cubrían sus pantalones. Entonces vio como cargaban de nuevo. Una masa uniforme y marrón, forrada de metal y colmillos, se acercaba al pequeño muro. Sin saber muy bien de donde, sacó el valor para poner su lanza sobre el muro. La masa cayó sobre la empalizada. Uno de los arqueros, situado en una atalaya improvisada, gritó que los enemigos se contaban por miles. Era el último ataque Andal pensó que iba a morir allí. Movió la lanza intentando darle a cualquier cosa que se moviera mientras protegía su cabeza con el escudo. Su casco de acero había desaparecido y su peto de cuero comenzaba a romperse.
La marea logró romper el muro y aisló a los defensores en dos grupos. Andal siguió pegando lanzadas mientras, de forma deseperada, cerraba filas en torno a sus compañeros. Los hombres sureños, aliados de los orcos, les acompañaban en la carga. Los brutales berserkers de la estepa estaban masacrando las formaciones. La música de los gritos y los escudos quebrados encogían los corazones. Andal sitió un tajo en el hombro. Un hombre de las estepas había tenido buena puntería. Trató de mantenerse fuerte, pero ya era tarde. La embestida rompió la formación. Un semiorco se echó encima de Andal, pero este consiguió clavar le la lanza en el hombro. El medio humano gritó pero se la arrancó, rompiendo la en el proceso. Desenvaino su espada y el semiorco sonrió.
Justo cuando iba a abalanzarse sobre el chico, una flecha cruzó su garganta.
Cuando todo el mundo pudo reaccionar, una lluvia de flechas estaba masacrando a la horda, mientras que batallones de espadachines medianos atacaban por los flancos a los orcos que intentaban protegerse. Los gnomos asaltaron seguidamente, mientras los elfos no dejaban de disparar. Cuando la horda organizó su retirada, un escuadrón de caballería humana logró arrollarlos.
Fuera del campamento, diversas fuerzas atacaban a la otra parte del ejército sureño, que optó por la retirada. Cruzaron el río aquellos que pudieron huir de la furia de los vencedores.
Los cadáveres cubrían el campo. Andal pensó que si alguien los dejaba el tiempo suficiente, servirían de abono para que la vida volviese a crecer.
Bautizado en una batalla que pasará a la historia-Trein tenía una cicatriz que le cruzaba el rostro-no está mal.
Es nueva, imagino-se quedó callado durante unos segundos-¿Sabías que eramos un cebo?
Lo intuía-dijo-son gajes del oficio. Creo que entiendes por que te dije que abandonases el ejército. Esta vida no es para nadie.
Volveré a casa-sonrió Andal-hay una ciudad que reconstruir.