La nave ronroneaba como un gathar doméstico. Los conductos que llevaban la electricidad empezaban a echar chispas. En un momento determinado, el motor hizo un sonido seco, mandando las piezas en varias direcciones. El hierro marciano de las piezas abolló el aluminio selenita, dejando marcas que arruinaban la belleza de un modelo clásico. La nave B 598 había sido una interplanetaria biplaza de edición limitada, debido a la gran cantidad de fallos en el diseño interior, aunque ninguno de sus fabricantes lo reconocería. Y las pilotos de esta nave, aun menos.
La nave trazó un surco sobre un prado. Las pocas vascas que, pastando a plena luz del día, fueron testigos del accidente, enseguida retornaron a su labor de rumiar. Unas manos verdes tantearon las láminas grisáceas del exterior, intentando vanamente agarrarse para poder salir. Tras varios intentos fallidos y unos minutos de regodeo en la frustración, optó por levantarse y salir de ahí apoyando sus pies en el asiento.
Su piel verde le hubiera ayudado a camuflarse en el campo, pero pudiendo cambiar de forma quien lo necesita. Su cabeza calva no desentonaba con la textura del metal pulido. Su acompañante era casi idéntica, como un ser humano cualquiera puede ser lo de otro, pero desentonaban unos ojos azules claros y unas manos más largas. Ambas solo mostraban gestos de desesperación. Aunque cerca de casa, se encontraban muy lejos.
Como les habían enseñado en las clases de conducción, abrieron "el capó" y lograron ver cual era el problema. Pusieron gel reparador y, sabiendo que, aquella sustancia azul y viscosa, tardaría en hacer su trabajo, decidieron dar un paseo por las cercanías.
El camino empedrado se convirtió, al rato, en un camino asfaltado que daba a una ciudad pequeña. La calle principal se componía de pequeñas tiendas, las cuales la nutrían de bellos colores y olores suaves. La atmósfera de paz y armonía embriagó a las dos visitantes, las cuales se sintieron maravilladas. Un mazazo de realidad acabó cuando llegó la hora punta. Una sinfonía de bocinas rompieron la paz que llenaba la calle. Intrigadas, preguntaron a un tendero que objetivo tenía aquel ruido. El tendero respondió que únicamente lo hacían para descargar la rabia que les producía el atasco, pero que no solucionaban nada. Ellas se miraron y se marcharon.
Todo era caótico y bello a la vez. Podían estar oliendo una flor y, al mismo tiempo, oír una jauría de perros rabiosos. Los bellos y decorados grafitis se contraponían con las desechas y rugosas paredes donde se situaban. Esa combinación de sensaciones era ajena a su mentalidad marciana, la cual tendía a la estabilidad y la uniformidad, siendo todo una repetición de lo anterior.
El campo, aunque más tranquilo, les ofrecía otro tipo de placer. Cuando volvieron a los alrededores de la nave, la vida circundante, que habían ignorado debido a su mal humor, las sorprendió. Aquel planeta era extraño, pero su belleza lo hacía inusual.
Decidieron que debían visitarlo otra vez...con una nave mejor.