martes, 1 de diciembre de 2020
historia para Lorcas-hostia terrible
lunes, 9 de noviembre de 2020
historia para Ochimifune-la justicia de la montaña
La montaña no era amiga de nadie. Ni noble, ni plebeyo. Ni laico, ni religioso. El frío y el viento eran lo único de ese mundo que no hacía distinción ante nadie. Eran igual de duros cuando su abuela caminaba por aquellas sendas, y lo serían cuando sus nietos continuasen con el trabajo en la tierra. Pere avanzaba por los caminos de tierra junto a su compañeros remensas. El año había sido duro.
Desde el momento en el que habían corrido a palos a los cobradores del señor, solo habían sufrido. Pero mayor sufrir era sentir el yugo de la carga injusta, de la humillación feudal y asco profundo que sentían cuando miraban al castillo. Dos eran las cosas que les recordaban, cada día, su condición de siervos, la losa que su señor les ataba un poco más cada día. Nada más levantarse, notaban los callos, los mismos que habían surcado las manos de sus padres y madres, en sus palmas. Luego, al salir al campo y perfilada por la luz del alba, se alzaba la picota.
El yugo del trabajo y el duro castigo. Pere sabía que lo hacía un payés. No había conocido otra vida y solo el escaso contacto con el exterior le ayudaba a imaginarse otra vida. Le había dado muchas vueltas, sobre en ahora, para distraer la mente de la dureza de la lucha. Nunca había compartido sus pensamientos pero sabía que rondaban ideas parecidas a las suyas por las cabezas de algunos de sus compañeros. Habían oido historias sobre dulcino y su revuelta. La idea de un mundo sin amos no era tan descabellada, sobre todo si podían vencer a esos amos en su terreno.
La guerra.
Pere manoseaba su hacha. Era basta y no había sido pensada para la guerra, como la mayoría de los que allí estaban. Combatir a las tropas señoriales era duro. El horror del primer combate se había enrraizado en su corazón y muchas eran las noches donde soñaba con sus manos cubiertas de sangre. El alma de quien pudiese resistir eso, sin flaquear, pertenecía a otro mundo. Los quejidos de sus compañeros lo devolvieron a la realidad. Muchos eran vecinos suyos, otros compartían señor. Llevaban más de dos meses en las montañas, manteniendo la guerrilla viva. No les disgustaba del todo el cansancio de la lucha pues, la hermandad que lo unía a sus compañeros más que cualquier fatiga que el trabajo pudiera darle.
En ese momento, llegaron al punto de reunión y lo dispusieron todo para el ataque. Ocultos por los matorrales de la ladera o por el sotobosque al otro lado del camino, llegaban a sentirse parte de aquellos fríos y verdes montes. Apretaban, nervisosos, la roca con sus pies mientras su respiración acelerada contrastaba con el viento frío del noreste. La única música que podía oirse era el tensar de cuerdas.
Entonces llegaron.
Bien vestidos con los colores señoriales, avanzaban los guardias y sus protegidos. Sus cotas de malla y porte altanero eran lo único que los diferenciaba de los campesinos y, por eso, lo mostraban tan a menudo. Sus cascos parecían pegados a su dueños y a veces tenía un aura poco humana. Las espadas, lanzas y ballestas colgaban de sus manos y los escudos, a la espalda, se les hacían pesados. Sonó el falso ulular de un búho y los payeses saltaron a la batalla. Los de suelo los empujaron contra la ladera y sobre ellos saltaron quienes se habían quedado en lo alto. Arrinconados y sorprendidos, las tropas del señor se separaron, perdiendo la formación. Albert, uno de sus compañeros, se lanzó contra un chaval con armadura. Su espada cortó la limpia cara del chico. A Pere, sin embargo, le tocó el premio gordo.
Ante él se encontraba una mole forrada de cota de malla y telas azules. El odio en su mirada podía encoger el corazón de Pere, que consiguió esquivar milagrosamente la espada. El payes fue capaz de esquivar al soldado hasta que, en un golpe de suerte se colocó a un lado de su rival y logró poner el pie en el gemelo de su pierna izquierda, haciéndole perder el equilibrio, al mismo tiempo que le hundía el hacha en la espalda con toda su fuerza. El peso del esfuerzo, más un pequeño traspiés le hizo bajar su cuerpo más de la cuenta, haciéndo que se quedase a pocos centímetros del suelo.
Y eso le salvó la vida.
Solo un siseo familiar le hizo advertir la suerte que había tenido. Lo siguiente que vio fue un asta surgir del ojo de su compañero Albert. Una mala andanada de los soldados realistas había sembrado el caos en, la ya desordenada, escaramuza. Cogió un escudo abandonado y se abrió camino hasta el grupo central de sus compañeros mientras gritaba que se reorganizasen. A los quince segundos, una segunda andanada se lanzó, estrellándose contra un, improvisado, muro de escudos. Los payeses habían acabado con el núcleo duro y se lanzaron contra esos ballesteros aislados, los cuales acabaron huyendo camino abajo.
Tras un grito, los guerrilleros se unieron y subieron monte arriba. Pere y unos cuantos más estuvieron varias horas hostigando a los fugitivos, mientras otro grupo rastreaba más presencia militar. Tras varias horas, caminaron cinco kilómetros en dirección a otro condado para evitar las represalias.
El andar era cansado, pero más cansaba ser esclavo.
lunes, 21 de septiembre de 2020
Historia para Eli-fuego en el plató
Se alejó lentamente del plató. Los ruidos que hacía la gente al recoger las sillas y todo el decorado móvil se iban apagando poco a poco. Hablaba con ellas de vez en cuanto. Julia, la que más tiempo llevaba ocupada con la limpieza, le hablaba muy orgullosa de un hijo suyo que tenía talento en el mundo de la música. Mientras caminaba por el silencioso pasillo que conducía al parking de los estudiso, se cruzó con Elena y Miguel, una pareja que trabajaban juntos en mantenimiento. Le sonrieron y hablaron durante un rato antes de despedirse. Por último Alicia saludó a la guarda jurado, mujer que, aun siendo de pocos amigos y muy seria, siempre le dedicaba un saludo amable desde la caseta en el aparcamiento.
Les conocía desde hacía años. Cunado entró en el programa las relaciones eran extrañas, ellos, por costumbre, la miraban como si fuera de otro planeta. Ella se sentía fría, pues no lo entendía, hasta que descubrió la razón. Los invitados y tertulianos habituales hacían como que no existían. Por ello, al principio, mantuvieron las distancias que se fueron suavizando gracias a la amabilidad de Alicia. Alicia fue conociéndolos uno a uno y ganándose su cariño y apoyo, sobretodo porque Alicia escuchaba sus problemas y les ayudó. A Julia le dio el teléfono de un buen abogado laboralista cuando no quisieron reconocerle los Trienios, a Elena y Miguel les ayudó cuando el banco quiso echarles de su casa, poniéndoles en contacto con un sindicato de vivienda y a lA Guarda jurado le ayudó dándole cobijo cuando su caso de malos tratos se agravó, recibiendo apoyo legal y moral por parte de su organización. Gracias a su altruismo y amabilidad fue rompiendo esas barreras. Sin embargo, había algo más que buenas intenciones bajo la piel de Alicia. Una creencia en un mundo mejor inundaba su corazón.
Desde joven apoyaba al partido.
Interesada, desde que empezó a pensar por si misma, en política, observó con atención como era el mundo y que lo movía. Buscó con paciencia un lugar en el que pudiera poner en práctica lo aprendido y luchar por la liberación de los desposeídos.
Y lo encontró.
En una huelga descubrió que había un partido que no solo la apoyaba, sino que había puesto todos sus esfuerzos en que saliera acabo. Con el tiempo, a medida que participaba en movimientos sociales, les veía participar y los admiraba cada día más. Un buen día, decidió que quería entrar dentro y, tras una asamblea de su barrio, habló con la señora que representaba al partido en aquella asamblea y le dijo que quería entrar
Alicia nunca había reflexionado sobre el tiempo que había pasado desde aquella asamblea de otoño, pero era el suficiente para que le saliese una sonrisa. Los recuerdos siguieron llegando a su mente y la fueron envolviendo mientras conducía. El trabajo de las reuniones era dura y, aunque se sobrellevase, ella notaba que algo iba fallando, pues, aunque conseguían reclutar gente era muy poca y cada día el impacto mediático era menor. Este tema comenzó a meterse en su cabeza y, por más vueltas que les daba, no lograba encontrar una respuesta, hasta que, un día, en casa de su abuelo, vio el reality, como, algunos de los participantes, de forma sutil, lanzaban propaganda burguesa. Entonces lo tuvo claro.
Se convertiría en la princesa del pueblo.
Fue duro ascender. Ella pensaba que solo tendría que ponerle en empeño pero no. Daba igual que programa o cadena. La televisión entera y su industria estaba echa para sorberte el alma y consumirte cacho por cacho. En su ascenso al estrellato, vio muñecas rotas por cualquier lado. Eso era más horrible que cualquier obligación que le impusiese un productor. Pero ella, decidida, siguió adelante. Y su esfuerzo dio sus frutos. Lentamente, la propaganda hacía mella. Debido a los temas que trataban, empezó a atacar a las posiciones patriarcales que los tertulianos defendían. Ganarse a las mujeres se le hizo fácil pues atacaba a quienes iban en contra de la libertad de la mujer, o resaltando los pesares a los que estaban encadenadas. Eso le dio popularidad, y con ella pudo sacar más temas. Cuando se descubrió que uno de los tertulianos tenía al servicio en negro, ella aprovechó para resaltar el drama; dijo que era algo muy común y lo que deberían hacer contra ese crimen. Cualquier grieta que sus "compañeros" le daban ante las cámaras, era una oportunidad para expandir la palabra.
Sus compañeros de partido, al principio, estaban divididos entre aquello que quería hacer. Por supuesto que no la iban a juzgar por hacerlo, pero había militantes que tenían dudas sobre la seriedad de todo eso. Sin embargo, a medida que las palabras de Alicia iban calando en la gente, muchos veían una oportunidad para alzar al pueblo en armas. Era imposible negar que Alicia había hecho bien su trabajo y cada vez más gente simpatizaba con el partido. Todos sabían que era cuestión de tiempo que la gente se les uniera.
Por eso Alicia caminaba segura por aquellos pasillos a veces tan siniestros y poco acogedores, porque estab segura de que, algún día, los cruzaría con una bandera roja sobre el hombro.
domingo, 12 de julio de 2020
historia para dario
Miró a la espesura del bosque, formado por setas azules del tamaño de un roble y por helechos negros con bolas naranjas. Rara vez se adentraba, solo cuando aparecía un ciervo cíclope. Aunque su único ojo rojo, su piel negra carbón y sus patas de pollo resultasen repulsivas, el sabor esponjoso de su carne la hacía una presa sumamente apetecible. Por otra parte, jamás volvería a comer armadillo dentado. Piel dura de arrancar, sabor amargo y de difícil digestión. Cinco años atrás, durante los primeros cinco meses que pasó en el planeta, fueron la base de su dieta.
Y fueron cinco meses horribles.
Se volvió adentró de su granja-casa de plástico aleado. Debido a su color verde, solía contrastar con el paisaje aunque la forma redondeada recordaba bastante a las setas. A la izquierda estaba la antena, que mantenía la casa conectada. Los campos del maíz que se había adaptado al planeta estaban a la derecha. en la parte de atrás había un pequeño almacén con herramientas de trabajo. La entrada recordaba vagamente a un arco de herradura. El pequeño pasillo que separaba la puerta exterior de la interior, hacía las veces de recibidor frío y escasamente decorado. El colono avanzó y llegó a la puerta. El ruido de los conductos vibrando indicaba que la cena que había dejado preparándose estaba lista. Sin necesidad de echarle un vistazo, se dirigió a la sala de ordenador. Un hombre, sentado enfrente del ordenador, está tan absorto que no notó como otra persona entraba en la sala. Un espíritu centrado que habitaba en un cuerpo fibrado, con ojos color verde y pelo negro.
Tierra llamando a cerebrito-dijo el enorme colono-repito, tierra llamando a cerebrito.
Eh-contestó su interlocutor, después de un ligero sobresalto pero sin apartarse del ordenador-no me distraigas de mi trabajo
¿Que haces?-dijo el otro hombre mientra sonreía.
Analizar los datos del radar, la tierra y la atmósfera-dijo sin despegar un ojo del ordenador-y no te hagas ilusiones con tocarme si antes no te has limpiado.
Con una sonrisa de oreja, se fue a la habitación a cambiarse y a limpiarse. Su pequeño templo de confianza no era muy diferente al resto de la casa, pero la sensación de seguridad que recorría su cabeza cada vez que veía la cama pegada a la pared. El calefactor, debajo de la ventana, era lo que hacía llevadero el fresco de la época húmeda. Se cambió tan rápido como pudo y salió de la habitación. Al pasar por la cocina aprovechó para terminar la cena y, cambiado, volvió a la sala del ordenador. Entonces, el hombre sentado frente al ordenador,se levantó y le abrazó. Después de gruñir un poco, le dio un beso.
Miguel-dijo el más alto de los dos-te quiero.
Y yo a ti-contestó. Adheridos por amor, ambos se sentaron en el suelo y durante un buen ratos, nada pudo separarlos. Cuando el ambiente estaba dominado por el cariño, las tripas de Miguel sonaron.
Pedro ¿Que has dejado hecho en la termomix?-preguntó Miguel
Gachas con frutos que recogí esta mañana-dijo Pedro.
Hmpppp-gruñó Miguel-bueno, al menos no es armadillo.
Cuando se levantaban, escucharon un sonido fuera. Ambos hombres se miraron a los ojos y Pedro se fue a por el rifle; Miguel cogió el hacha que descansaba en el suelo de la sala de operaciones. Cuando ambos estuvieron en posición se hizo el silencio.
Entonces se escuchó la rotura de una puerta. El oxigeno no tardaría en acabarse si no lo remediaban pronto.
Una figura negra, con una máscara táctica se les acercó, abriendo fuego con una MP-5, haciendo señas con la mano. Su traje negro dificultaba la visión de la pareja que optó por esconderse, dejando un bulto detrás del sofá. Detrás de una mesa, observaron como el escuadrón de la muerte abría fuego contra el bulto. Pedro vio como Miguel estaba preparando una pequeña granada de humo usando fósforo que estaba calentando con la termomix y metiendo lo en una lata con una cuerda para encender. Aprovechando el ruido de los disparos, Pedro abrió fuego contra el escuadrón de la muerte, logrando darle a dos de ellos. Dos boquetes aparecieron en los cuerpo de los asaltantes mientras sus sorprendidos compañeros se sorprendían y abrían fuego desde posiciones más seguras . Tras un intenso tiroteo, los asaltantes pudieron avanzar, pero ya era tarde. Miguel había activado la bomba de humo. Gracias al caos, lograron llegar a una delas ventanas que daban al cobertizo. Fuera, la pareja de colonos se atrincheró en el cobertizo. Esperaron, en silencio a que saliesen de la casa. Cuando los tuvo tiro, disparó, alcanzando a uno de ellos. El otro abrió fuego en su posición y tuvieron el tiempo justo para agacharse. Cuando Pedro pudo reaccionar, lo tuvo encima. Un culatazo fue directo a sus costillas. El quebrado hizo temblar todo el cuerpo. Un segundo ataque surgió desde arriba hacia su cabeza logró pararlo a tiempo. Con los dos rifles chocando, comenzaron a hacer fuerza, presionando ira contra ira. A medida que iban haciendo fuerza, comenzaron a moverse en círculos. Los dientes crujían y los musculos comenzaba a flaquear. En un momento determinado, Miguel tropezó y cayó al suelo. Justo cuando va a rematar, un sonido de desgarro se escucha en la noche silenciosa. El asaltante cae muerto al suelo y, cuando la mascara se desprende, un rostro femenino, frío, desalmado y con la mirada apagada, aparece.
¿Tú crees que ha sido el dueño de las plantaciones?-pregunta Pedro, confuso.
Es lo más seguro-responde Miguel- ¿Quien si no podría contratar a esta gente?
Pues hya poner en sobre aviso a los demás granjeros, a los del pueblo y todos los que salieron a explorar y aun no han vuelto-dice Pedro, con ira en los ojos- no podemos dejar que nos quite lo que hemos logrado con nuestras manos encalladas, para que luego se lo reparta a sus hijos. Este bosque es nuestro, nosotros nos hemos adaptado y ya somos uno con él. Es nuestro sudor el que ha regado estas tierras y serán nuestros cuerpos los que descansen en ella.
miércoles, 22 de abril de 2020
Historia para Salva-Un paso hacia la libertad
Giuseppe contestó y maldijo cada segundo el descaro del policía, que, unido al creciente dolor de los hombros, hacía que deseara ver muerto al policía. La policía de Arezano estaba como loca desde las ocupaciones en Piamonte, aquel 1919 estaba siendo conflictivo. Los patronos, temerosos de la fuerza obrera, lanzaban a sus perros contra los sindicatos, que sufrían registros y torturas policiales de forma continuada.
Los burguesitos jóvenes se vestían en la noche, con camisas pardas y negras, para intimidar a los lideres socialistas. Se oían rumores de un antiguo socialista que estaba ganando poder entre la reacción. Giussepe dudaba de esas historias, aunque a veces le costaba creer que solo fuesen mentiras
Cuando el cerdo terminó su labor, Giussepe siguió con su camino a la taberna del gallo. Había cosas que no podían dejar pasarse.
Ahí le esperaba Gibo, amigo de la infancia.
Perdona el retraso-dijo- me han entretenido para un toqueteo.
Últimamente están muy babosos.
Y no les faltan motivos-dijo Gibo. Sonreía como casi siempre. Era raro verlo triste, incluso cuando las cosas estaban serias- ¿Alguien te ha comentado algo sobre lo que debatimos en la asamblea?
Esa pregunta no iba con trampa. Gibo podía ser risueño, pero era un militante leal a la organización y, sobretodo, no era estúpido. Desde hacía medio año, se vigilaba bastante las posibles "fugas" de información que pudiera haber. Ellos no habían tenido ningún susto, pero secciones enteras del partido comunista habían sufrido ataques fascistas y asedio policial.
La situación y su gravedad inundaban su cabeza y le impedían pensar en otra cosa que no fuese la policía y la prisión. Tal era su retraimiento, que fueron necesarios varios chasquidos de Gibo para que le prestase atención.
Te preguntaba si sabías a que me estaba refiriendo-dijo sonriente.
No, no pude asistir a la reunión-dijo Giussepe masajeándose el rostro-ni pude ir, ni nadie me ha contado nada.
Bueno-se terminó el vino y elevó, ante la mirada desaprobadora de su interlocutor, la voz- hemos iniciado negociaciones con los anarquistas que dominan los astilleros. Nuestro contacto es el español ese, Emilio Gil, que vino hace unos meses a la ciudad. Nos ha dicho que el apoyo a las ocupaciones es total y que se ofrecen empezar el asunto.
Giusspe arqueó las cejas.
Es muy noble de su parte- comentó.
Bueno-dijo Gibo cambiando su gesto habitual por una mueca-tienen más vías de escape, más munición y, por supuesto, iban a hacerlo aunque nosotros no moviésemos ficha. Ahora, con nuestras acciones coordinadas, será más fácil confundir a la policía. Además, todo está programado para dentro de cinco días, coordinándose con varias ciudades.
Es muy poco tiempo-La preocupación era palpable en las palabras de Giussepe.
Vivimos tiempos complicados Signore Saco-dijo, entre risas.
No estaba acostumbrado a que lo llamasen por su apellido, pero había aprendido a tolerar, tras muchos años, a su compañero de trincheras. Podía llegar a ser molesto, pero era confiable como nadie y, en tiempos como estos, eso era más que necesario.
Bueno-comentó Gibo, un poco más serio- hay una parte importante en la que entras tú. Verás, tenemos miedo de que los fascistas, esos que instalaron su sede en la vía terralba hace dos meses, estén planeando algo así que tenemos planeada una pequeña sorpresa. En la reunión se propuso un ataque durante su reunión, dentro de tres días y, bueno, teniendo en cuenta tu experiencia durante la guerra, creímos que serías el indicado. Los anarquistas enviarán a uno de sus compañeros con la mitad del material. En caso de que tú aceptaras, tendrías la otra mitad en casa esta misma noche ¿Que me dices?
Acepto-dijo tras unos segundos.
Hmm bien-Gibo sonaba mucho más relajado-el lugar de contacto es la plaza de Angelo, junto a la esquina con el teatro abandonado. Él responde ante pequeño, tú, ante gorrión. Tenéis completa libertad de acción.
Después de aquello, la charla fluyó por derroteros más suaves. El tiempo llevó a la nueva conquista amorosa de Gibo, esa muchacha llevó al último partido y el fútbol acabó en un silencio prolongado. Ninguno de los dos hombres quería admitir el miedo que corría por sus entrañas. La utopía soñada podía estar a semanas,incluso menos, pero la sombra de la guadaña inundaba sus pensamientos. Sin embargo, ninguno quería desalentar al otro con sus pesares y decidían dejarlo en un rincón de su cabeza.
Cerraron la charla, con la noche al caer y con los vasos secos. Tras salir del bar, caminaron un rato juntos hasta llegar a su barrio. Casas de ladrillo gastado se apilaban unas con otras, coronadas por chimeneas destartaladas y por tejados desgastados. La calle, mal empedrada y muy sucia, era indistinguible de las aceras. Vivían en calles paralelas. Saco se despidió de Gibo y siguió andando, hasta llegar a su casa. Muchas veces intentaba buscar diferencias entre su casa y las otras, pero rara vez encontraba alguna diferencia. Abrió la puerta y se quedó en la entrada, esperando. No quería despertar a su tío que dormía en una silla del salón. A la hora llegó una compañera del partido con una caja llena de recipientes metálicos y mechas. Le preguntó si necesitaba encendedor, a lo que respondió que no.
Los días, tensos y angustiosos, pasaron y llegó la noche de la acción. Giussepe caminó hasta el punto acordado y esperó. Los minutos transcurrieron lentos hasta que vio una figura acercarse con una mochila. Es un hombre mayor,con una gabardina un poco raída, un gorro de lana y unas botas desgastadas. Se podía distinguir un profundo mostacho, recortado de forma desigual, y unos ojos pequeños, cuyo color, a causa de la escasa luz de la noche, era complicado de adivinar.
Cuando estuvieron frente a frente, el desconocido preguntó, con un marcado acento francés, gorrión, a lo que Giussepe respondió pequeño. Acto seguido, se metieron en un callejón.
Llegas tarde-dijo Saco con sequedad.
Bueno-dijo el desconocido-tuve que esquivar a la policía.
Siguieron trabajando y rellenado los explosivos.
Tengo un plan-dijo el francés- hay una ventana trasera, donde podemos echar una de las cargas y, cuando salgan arrojar las dos por la puerta.
Giussepe lo meditó durante unos segundos.
Me parece bien-dijo al final.
Avanzaron por la callejuela y llegaron a donde estaba la ventana. La pared donde iban a lanzar la primera hacía esquina con la calle donde se situaba la puerta de entrada al local. Cuando buscaban algo para subirse, un voz les detuvo.
¡¿QUE COÑO ESTÁIS HACIENDO AHÍ?!-un camisa negra, con una navaja en la mano, se acercaba hacia ellos.
El francés sacó una pistola y le pegó cuatro tiros. Su cuerpo cayó en el empedrado y el sonido seco inundó la calle. Dentro se escuchó movimiento de sillas. En medio del nerviosismo que ahogaba su mente, una idea cruzó la mente de Saco. Cogió las cargas explosivas, las ató al cadáver del fascista y las encendió. Cuando los fascistas salieron a la calle y doblaron la esquina, cogieron en brazos al muerto. Para cuando todo había explotado, los dos hombres estaban a varios metros.
Conozco a poca gente que lleve una pistola así-comentó Giussepe al ver el tipo de pistola-es un buen modelo, pero poco popular.
Bueno-respondió el desconocido; su cara mostraba mucha más tranquilidad, algo que sorprendió a Saco-después de quince años de "propaganda por el hecho" por media Francia, uno aprende algo sobre herramientas apropiadas...oye ¿Tú como sabías que metiéndole las bombas por los calzones nos iba permitir huir sin daños?
Son cosas que uno aprende tras dos años en una trinchera-Los ojos de Giussepe miraban a la nada-y que nunca olvida.
Tras unos segundos de silencio, se pusieron en marcha. Caminaron durante un rato hasta que sus caminos se separaron. Mientras caminaron juntos, el silencio fue el silencio fue un compañero más. Giussepe decidió que molestaría a un primo que le debía un favor; vivía cerca de ahí y la confianza era profunda.
Sin embargo Giussepe no contó que a un padre de cinco hijos, con un horario desastroso, una visita de madrugada no sería recibida con amor y alegría. La cara de asco, pesar y sueño era una visión casi cómica, aunque contrastaba con la miseria que rodeaba la vida de un empleado de la estación ferroviaria. Aun así, le dejó pasar y le buscó un sitio.
El comunista se durmió placido en el sofá. En sus sueños vio el mundo por el que él y sus compañeros luchaban.
jueves, 9 de abril de 2020
Una de monstruos en el east end-historia para Cobito.
Mi pequeño gorrión-dijo Anastasia con cariño-¿Has olvidado las viejas leyendas que te contaba cuando estabas sentada en mi regazo?
Pero yaya-intentó excusarse Ileana-Rusia está muy lejos de aquí y los cuentos de hadas son de otra época y tiempo, ahora solo hay monstruos sin alma de metal y demonios con uniforme.
Ay, mi pequeña niña-la aparición, real o inventada, de su yaya la miraba con rostro triste y benevolente-que los tiempos avancen, no borra los viejos demonios, solo añade nuevos. Esta nueva tierra tiene vampiros que no temen a la luz del sol, pero que le chupan la sangre a la gente como los strigois.
Casi se me ha olvidado tu rostro-dijo con tristeza-y también tus enseñanzas. No puedo verlos, aunque los busque, ni sé como vencerlos.
Recuerdas aquella historia sobre un brujo que sembraba la discordia-dijo Anastasia-¿Como era tu parte favorita?
"Cuídate de Víctor, el de los ojos amarillos, que inclina a la violencia y llena de odio el corazón de los hombres. Cuídate de Víctor, el de la mano azul, que solo teme al fugo y al valor sincero. Cuídate de Víctor, habitante de las cuevas y abrigos, que es tan viejo como cristo"-las palabras brotaban de la boca de Ileana-era mi cuento favorito, pero nunca creí que fuera real.
Lo es mi amor-dijo la abuela y le acarició el rostro-pero no les tengas miedo, protege a quienes amas de los monstruos como mi madre y su madre antes que ella hacían. Sé fuerte en la oscuridad y podrás ver amanecer de nuevo.
Sopló un viento fuerte que desvaneció el sueño y ella despertó con frío en el cuerpo y pesar en el alma. Vio como la vida se le echaba encima, sintiendo que las peores pesadillas, que moraban en los bosque más profundos de su tierra y en los rincones más oscuros de su imaginación, habían cruzado el mar helado para iniciar la cacería. La idea del conflicto le aterraba, pero se sentía responsable de los horrores de su patria. Algo la impulsaba a evitar que, las gentes de Londres, que tan amablemente la habían acogido, sufriesen a manos de una criatura vil que nunca debería haber salido de su tierra.
Cogió un paquete de cerillas y se lo metió al bolsillo. Buscó el aceite de engrasar y varios líquidos inflamables, cuando se dio cuenta de que ni si quiera sabía quien era la criatura.ni donde estaba.
Necesitaba salir a dar un paseo. Cuando bajó a la calle, se la encontró vacía, salvo por un hombre con gafas de sol y cubierto hasta arriba. Era finales de febrero y el frío lo envolvía todo. Mientras paseaba volvió a encontrarse con su vecino irlandés. Había llegado a su callejón por accidente.
Te noto cansada-dijo con una cara larga- ¿Ocurre algo?
Solo estoy un poco cansada-mintió- además, el tiempo no acompaña y últimamente solo ocurren desgracias en el barrio. Peleas, robos,incendios...parece que nos han maldecido.
El irlandés se santiguó
Si-dijo mirando al horizonte-desde hace un mes todo parece ir mal. No me gusta pensar en fantasmas, monstruos y esas cosas, pero me es imposible no traerlos a mi mente.
Se quedó pensativo unos segundos y dijo- ¿Te has fijado en ese hombre que siempre va cubierto? llegó hace un tiempo y me da malas sensaciones.
Un torbellino de detalles sacudió su mente. De repente recordó todas las veces que había visto a aquel hombre. Aunque hubiese dicho,y no sería del todo mentira, que el hombre se fundía con el entorno que proyectaban sus recuerdos,ella no lo hubiese notado. La verdad la golpeó como un mazo, pues vio que aquel hombre había cruzado el mar helado para cazar en otro lugar.
Entonces una voz congeló sus entrañas desde el otro lado del callejón. "Puedo oler a nuestra patria en tí Ileana. No importa cuanto huyas, sé cuando alguien ha nacido en mis dominios"
El miedo carcomía las entrañas de ambos. Cuando la criatura sacó a relucir su mano azul, el irlandés se desmayó. En una lengua arcana, pronunció unas frases, mientras, con gran intensidad, miraba a la mujer. La cabeza de Ileana era un reino de la demencia. Recuerdos, imaginaciones y pesadillas se unían y se separaban, mientras oía la voz en su cabeza, rompiendo su voluntad y quebrando su cordura.
La mente del brujo iba dominado la suya. Entonces, el recuerdo de su abuela apareció. La rabia de una vida miserable, de saber que morirás en una tierra extranjera, la incomprensión y la ansiedad se canalizaron desde su corazón a su mente. Un pequeño "bum" se escuchó en el aire y Víctor se echó para atrás. Aprovechando el despiste, Ileana le arrojó el contenido inflamable y luego le lanzó una cerrilla.
Su luz iluminó la sucia calla y sus gritos quebraron la agobiante tranquilidad que apresaba el barrio. Un rastro desconocido pero inconfundible revelaba el camino que la criatura había seguido, pero Ileana sabía que, si no volvía a su tierra, la criatura se iría a otro lugar. Pasada la adrenalina, el cansancio la venció y se tomó el lujo de poder sentarse.
miércoles, 19 de febrero de 2020
Heridas que no cierran
Te dije que no usases tus conocimientos de alquimia en la cocina-dijo, enfundándose la pistola-puedes estropear algo.
Hmmm-Mustang arqueaba la ceja mientras acariciaba el agujero en la pared-creo que esto es pasarse.
Nunca he sido muy de arder-respondió ella.
Eres la sociópata más bella que pudo crear el ejército de Ametris-Mustang no dejaba de sonreir mientras limpiaba los restos rotos de la encimera. Como única respuesta, la Capitana se limitó a doblar el cuello y, acto seguido, darse la vuelta para ocuparse de otros asuntos.
La corta estancia en el palacio se estaba volviendo absurda y un tanto soporífera, pero sabía que no debía acostumbrarse a ella. Los procesos políticos que había iniciado culminarían, tarde o temprano, con su degradación y la de todos aquellos que estuvieron en Ishbal. Era algo que todos sabían, destapar las cosas que alguien ha ocultado bajo la alfombra hace que te entre polvo en la boca. Sin embargo, lo peor habían sido las asambleas para decidir cual seria la versión oficial de lo sucedido y hasta que punto el pueblo debía saber la verdad. Mustang no era un ingenuo, era consciente de que revelar toda la verdad iba a ser un golpe durísimo, la imagen del viejo Wrath seguía siendo de importancia y había partes de la historia que, de ser explicadas, costarían una revolución, pero poner una línea, rellenar huecos...se estaba convirtiendo en una tarea tediosa, no solo por el esfuerzo mental que supone la mentira colectiva, sino también por la losa que les recordaba que sus enemigos habían hecho lo mismo, tirando les para abajo.
Esa pesadez le dolía pues le impedía disfrutar de su triunfo, que había costado sangre sudor y lágrimas.
Sobre todo había costado la sangre de Hughes.
Acostumbrarse a su perdida fue doloroso, pero más doloroso era no atreverse a poner su muerte en una balanza con la victoria. Era incapaz de pensar en la muerte de su amigo como un sacrificio,pues a veces consideraba que había roto el intercambio equivalente y que la vixtoria no valía tanto como la vida de su amigo y el dolor de la viuda de este.
Estas cosas lo sumergían en un agujero sin fondo del que le costaba salir. De ahí solo le podía sacar hawkeye. Un beso calentó su mejilla, mientras que unos brazos lo apretaban contra otro cuerpo humano.
Dejaron que la comida terminase de hacerse mientras se abrazaban. Esperaron a que el reloj corriese como hacían cada vez que uno de los dos sufría un episodio. A veces era un mal recuerdo Ishbal, otras de su infancia, sin embargo los más dolorosos eran los de la guerra contra los homunculos. No era por el horror, era porque la batalla contra esos monstruos reabrió las viejas heridas, de la infancia y de Ishbal. Esta última guerra les había recordado que, aunque pudieran superarla, jamás dejaría de doler. Por eso, cuando sentían las cicatrices hurgar dentro de su corazón y de su alma, dejaban que la ternura y el amor fluyesen a través de los surcos, pues eso suavizaba el dolor además de darles una escusa para sus pieles se pegasen durante un buen rato.
Pasados unos minutos, alguien llamó a la puerta. Una feliz, aunque algo cansada por un viaje tan largo desde el este, Winry se abrazó a la francotiradora. Los ojos del Fürer se clavaron en los del alquimista.
Enano-Dijo Mustang
Mechero inútil-contestó Ed.
Entre los cuatro pusieron la mesa y empezaron a hablar sobre lo último que ha pasado al norte, como se estaba reconstruyendo Ishbal, las negociaciones de paz con otros estados...
Es una pena que tu hermano y May no hayan podido venir-dijo Riza-esa chica es un encanto y ver a Al tan contento siempre, es encantador verlo tan feliz con su cuerpo.
Sí-comentó Mustang-es agradable ver a un hermano Elric que no parece provenir del infierno cuando sonrie.
Un punta pie cruzó la mesa en dirección a su espinilla mientras que Ed deseó poder transmutar un yunque encima del alquimista de fuego.
Al es bastante feliz ahora que aprende mucho en sus viajes, sobretodo pudiéndolos experimentar al cien por cien-dijo winrry con una sonrisa.
O porque cualquiera que esté lejos de Mustang es feliz-dijo acero mientras sonrie pérfidamente-más millas, mayor felicidad.
Una colleja hace que Ed expulse un trozo de la guarnición de patatas. Lamenta perder ese sabor pero agradece que no haya sido en el taller, donde ya ha probado el surtido de lleves inglesas que winry tiene a su disposición. Mientras los dos jóvenes se miraban mal, Hawkeye se levanta y se va de la habitación. Regresa a los pocos minutos con su pistola y la pone encima de la mesa.
La conversación siguió los cauces habituales, hablando sobre los avances de Al y de Ed en sus investigaciones con la alquimia de Xing, sobre los nuevos diseños de winry o los logros políticos que se estaban logrando en Amestris en favor de la democracia. Al no poderse lanzar puyas, Acero y Fuero optaron por recordar los momentos embarazosos y ridículos que recordaban el uno del otro. Las horas fueron pasando y llegó el momento de la despedida.
Winry y Acero se subieron al coche y se fueron hasta el hotel en el que se hospedaban. Un pequeño edificio, blanco, con tejados de tejas metálicas y balcones con barandillas amarillentas. Las habitaciones, destinadas a parejas, eran de colores oscuros. Un baño, una cama doble y una pequeña mesa-armario para dejar lo que fuese necesario.
Ed se quitó el traje y lo dejó en una silla mientras winry se desnudaba. Bajo una luz tenue que provenía del exterior, Ed se acercó y la abrazó cuando ella había terminado de quitarse el vestido.
No te vayas nunca-decía mientras le besaba el pelo.
Parece que alguien está amoroso-dijo la mecánica mientras sonreía. Conocía a Edward desde hacía muchos años y le divertía ver su lado más sensible. La victoria de Ed sobre sus demonios, la historia de su familia y la gran carga que había dejado atrás habían aumentado su amor por él, no por la gloría que representaba, eso no le importaba. El fin de la cruzada que atormentaba a Ed había endurecido su corazón. Aunque nunca mató su bondad, lograr sus objetivos lo había convertido en un cabezota demasiado centrado en su deber y su dolor como para permitirse tener sentimientos.
Con la vuelta de Al, un enorme muro de miedo, tristeza y rabia había caído, desembozando su corazón. Ahora, pasados los años, fluían torrentes de sentimientos que inundaba su cuerpo y la bañaban en felicidad. Winry sabía que también manaría dolor de las heridas mal cicatrizadas, ella también tenía las suyas, pero sabía que se diluirían en ese mar de cariño, amor y comprensión mutua. Mientras se tumbaban y se besaban, Ed le decía que ella era su luz. Winry sonreía y le volvía a besar.