La vida era difícil.
Correr detrás de cualquier pieza de mecanismos perdida no era una vida justa para nadie. Elia no había conocido otra, pero eso lo sabía. Muchas noches había soñado con otra vida, pero era eso, sueños. Sabía que estaba encadenada a su vida y a su entorno. Nadie que ella conociera había escapado de eso y quienes lo habían intentado, bueno, eran solo un recuerdo.
Eso era todo lo que sabía. Rebuscas entre los restos, encuentras tecnología y si una sombra o la fatalidad no lo quiere, llegarás, con algo de ahorro, a viejo. Pero nadie vive tanto. Las sombras y la fatalidad son como lobos que dan caza a los desesperados y perdidos.
Iba con esos pensamientos bailandole en la cabeza mientras se dirigía, hachas en mano, a una parte poco explorada de la vieja factoría de robots. No había oído de nadie que hubiera pasado por ahí, ni las referencias sobre los objetos que pudiera encontrar eran claras, así que se lanzó a explorar. El camino hacia el lugar atravesaba un túnel de transporte semi abandonado, así que lo cruzó en silencio y sin detenerse, con la única compañía de sonidos que creaban monstruos en su mente. Cuando salió de aquel submundo, lo que vio, le produjo desasosiego. Como un gigante muerto, la vieja factoría se encontraba ahí plantada, viendo pasar los años. Era fría, sucia y sus estructuras eran huesos hormigonados en camino de pudrirse. Un escalofrío sacudió a Elia, que, sin quererlo, agarró más fuerte sus dos hachas. Su rosario particular.
Los muros grises, aun con el moho, parecían fuertes y era lo único que le inspiraba confianza. El ruido del viento, el olor a óxido y la suciedad del suelo solo hacían que aumentar la atmósfera de muerte que se sentía en ese lugar. Cruzó el umbral de la puerta y se lanzó hacia dentro. Sus pies crujian sobre la amalgama de restos que cubrían el suelo. Sus ojos, acostumbrados a la oscuridad de las ruinas, disfrutaban de la poca luz que se colaba por los agujeros del techo y las ventanas rotas. Siempre vigilantes, se movían en todas direcciones, escuadriñando cada rincón.
Fue entonces cuando lo notó.
No fue un movimiento, ni un sonido. Ni siquiera un olor. Fue un pensamiento en su cerebro, una llamada de atención de su instinto que fue creciendo. Desde la posición donde se encontraba, no podía oírlo pero Elia sabía que estaba allí, esperándola y acechando desde las sombras. La sensación aumentó, al ritmo que sus latidos crecían en número e intensidad. Sus manos, aferradas a las armas, se cerraron con fuerza.
Empezó a oírle, caminando por las vías, respirando, a muy bajo sonido, mientras se acercaba a ella. Fuera lo que fuera que remataba sus pata, se sentía cada vez más fuerte y el sonido era cada vez más duro. Fue cuando dejó de oírlo, que supo que el combate había empezado. Aunque solo había silencio, sus instintos le hicieron girar lo suficientemente rápido como para alcanzarle un hachazo en el cuerpo. Cuando la buscadora tuvo a la criatura frente a frente pudo observar con horror la sombra que tenía enfrente. El hachazo había alcanzado a lo que suponía, pues era difícil saberlo, era el costado derecho. Una amalgama de brazos, medio biológicos medio mecánicos, salían desde distinzas partes de su cuerpo. Los cables cruzaban su cuerpo. Una piel blanca era lo que le cubría y una horrible cabeza era la que coronaba aquel cuerpo monstruoso y deforme. Aquella sombra le chillaba, con ira y dolor. Elia tomó respiración y esperó a que el monstruo se lanzase contra ella. La criatura saltó y la buscadora se tumbó para poder clavar sus hachas en el bajo vientre de la sombra. La criatura volvió a gritar y no le dejó aprovechar su ventaja, pateando a Elia cuando se puso a su espalda. Elia salió volando y, cuando tocó suelo, rodó hasta darse con la pared. Cuando pudo reaccionar, vio al bicho encima de ella. Por unos pocos segundos, la sombra pudo morderla, pero consiguió apartarse y ponerse de pie. La criatura, ya furiosa se irguió para dejar caer sus extremidades pero Elia aprovechó para saltar y clavarle las hachas sobre su pecho. El acero se hundió entre los mecanismos y la carne, alcanzando las vísceras de la criatura. Un grito fue la señal de que las hachas la habían cortado por dentro, mientras la sangre bañaba a Elia, bautizada con la vida que la sombra iba perdiendo.
Elia se limpió la sangre de los ojos y comenzó a inspeccionar el lugar. Los montones de basura se sucedían y los arcones manchaban el lugar. Cogió un hierro largo y empezó a usarlo de palanca. Tras romper varios arcones, encontró lo que buscaba. La felicidad se desvaneció cuando escuchó las pisadas y tuvo que salir corriendo.
Y así, día tras día.