El pitido era suave. Lo suficientemente suave para que no se escuchase. Unas bragas usadas tapaban el altavoz del sistema de alarma. El suelo era un collage de objetos tan variados como desgastados. Envases abiertos de comida, herramientas, recambios...el frío suelo era difícil de descubrir. Si alguien prestase atención podría fijarse como, entre la roña y la basura, destacaba un camino formado por prendas de ropa que terminaba llegando a una puerta entreabierta. De esa puerta surgía un profundo ronquido, que hacía difícil escuchar cualquier tipo de sonido. Al otro lado, sobre una cama, una figura, de pequeño tamaño y color verde, duerme profundamente, con una baba saliéndole, en cascada, de la comisura de los labios. Cada cierto tiempo, su pecho se infla y, cuando se baja, un profundo ronquido, atascado en su pequeña nariz por una sustancia indeterminada, surge y se hace notar en toda la habitación. Sus tres ojos permanecen inmóviles bajo sus parpados. La alarma sigue sonando pero se funden con el silencio.
Es entonces cuando empiezan los movimientos y Sir-ro se activa.
Despierta, payasa-dice una voz robótica mientras le va lanzando objetos.
Los cacharros rebotan sobre la frente de la figura durmiente y, a medida que aumentan de tamaño, los parpadeos se van haciendo más rápidos. Una mano que aun no se ha desperezado acaba lanzando una pequeña herramienta al grito de "putisima cafetera".
Justo cuando la piloto se levanta, un temblor la empuja contra el suelo, frenando grácilmente la caída con el perfil de su cara, que adquiere una textura dolorosa y caliente.
Ah si- dice el robot-si no hace algo pronto nos la vamos a pegar contra el suelo.
¿Qué que?- es la única respuesta que puede articular mientras va retirando objetos del suelo y de la mesa-pero ¿Que ha pasado?
un enganche se astilló y nos hemos soltado de la plataforma-decía, al tiempo que revoloteaba, el robot-el resto es solo la ley de la gravedad haciendo lo suyo.
Seguro que es culpa tuya, maldito cacharro estúpido-los objetos que eran limpiados de la mesa iban a parar hacia el dron, que los esquivaba como bienmente podía.
Yo no fui-dijo después de descender para esquivar un termo- fue el desastre biológico que lleva, sin revisar los enganches, desde la última vez que tuvo contacto intimo con otro ser bilógico sin fines reproductivos.
Y después de un grito, volaron más objetos.
La piloto sentía como el traquetear de la nave solo hacía que aumentar sus nervios. El calor típico de un objeto entrando en la atmósfera a bastante velocidad, empezaba a ser una realidad cada vez más palpable. Los pitidos, las alarmas, su robot sarcástico y la certeza de muerte la estaban volviendo loca.
Rápidamente agarró los mandos y puso los sensores en marcha. La cosa era aun peor en datos, pues la velocidad a la que bajaban era demasiada como para que pudiera encender los frenos a tiempo, sin que la fuerza de estos chocase contra la inercia que había cogido la misma nave, lo cual la convertiría en chatarra. Consiguió, a duras penas, encender el motor, sin embargo faltaba romper con la caída en picado del vehículo.
Agarró los mandos y empezó a planificar la estrategia. Si no variaba el rumbo, no podría aminorar el efecto de la gravedad, pero necesitaba, por fuerza, descender hacia abajo para poder aterrizar, pues, si intentaba subir al espacio de nuevo, tendría que romper la atracción gravitatoria. Tomo aire y agarró con fuerza los mandos, esperando el momento oportuno para pegar el acelerón que le permitiría cambiar a un rumbo más perpendicular. Cerró los ojos y esperó. Hasta que llegó la sensación que cruzó, como un rayo, su mente.
Ahí apretó a fondo el turbo.
La velocidad se sentía en cada tornillo de la nave. Todos los cachivaches se fueron para atrás. Sir-ro se agarró a una baranda para no acabar igual. La piloto se agarraba y apretaba los dientes mientras leía los escáneres, esquivando miles de naves como si fuesen asteroides. Cada maniobra, especialmente las que tenían un rumbo descendente, ayudaban a aumentar el caos reinante. Los movimientos en zigzag castigaban a la nave y a sus ocupantes.
Finalmente, dando un volantazo, la piloto aterrizó bruscamente sobre una carretera polvorienta. La nave hace un surco en el suelo. A medida que va avanzando, su velocidad se va reduciendo.
Ante un expectante público, la piloto sale de una de las aberturas y comienza a saludar.
Ey peña-dice con una mueca de vergüenza-Ilinia ha llegado a la ciudad.