Arriba las putas manos-dijo el carabineri- ¿Cómo te llamas?
Giuseppe contestó y maldijo cada segundo el descaro del policía, que, unido al creciente dolor de los hombros, hacía que deseara ver muerto al policía. La policía de Arezano estaba como loca desde las ocupaciones en Piamonte, aquel 1919 estaba siendo conflictivo. Los patronos, temerosos de la fuerza obrera, lanzaban a sus perros contra los sindicatos, que sufrían registros y torturas policiales de forma continuada.
Los burguesitos jóvenes se vestían en la noche, con camisas pardas y negras, para intimidar a los lideres socialistas. Se oían rumores de un antiguo socialista que estaba ganando poder entre la reacción. Giussepe dudaba de esas historias, aunque a veces le costaba creer que solo fuesen mentiras
Cuando el cerdo terminó su labor, Giussepe siguió con su camino a la taberna del gallo. Había cosas que no podían dejar pasarse.
Ahí le esperaba Gibo, amigo de la infancia.
Perdona el retraso-dijo- me han entretenido para un toqueteo.
Últimamente están muy babosos.
Y no les faltan motivos-dijo Gibo. Sonreía como casi siempre. Era raro verlo triste, incluso cuando las cosas estaban serias- ¿Alguien te ha comentado algo sobre lo que debatimos en la asamblea?
Esa pregunta no iba con trampa. Gibo podía ser risueño, pero era un militante leal a la organización y, sobretodo, no era estúpido. Desde hacía medio año, se vigilaba bastante las posibles "fugas" de información que pudiera haber. Ellos no habían tenido ningún susto, pero secciones enteras del partido comunista habían sufrido ataques fascistas y asedio policial.
La situación y su gravedad inundaban su cabeza y le impedían pensar en otra cosa que no fuese la policía y la prisión. Tal era su retraimiento, que fueron necesarios varios chasquidos de Gibo para que le prestase atención.
Te preguntaba si sabías a que me estaba refiriendo-dijo sonriente.
No, no pude asistir a la reunión-dijo Giussepe masajeándose el rostro-ni pude ir, ni nadie me ha contado nada.
Bueno-se terminó el vino y elevó, ante la mirada desaprobadora de su interlocutor, la voz- hemos iniciado negociaciones con los anarquistas que dominan los astilleros. Nuestro contacto es el español ese, Emilio Gil, que vino hace unos meses a la ciudad. Nos ha dicho que el apoyo a las ocupaciones es total y que se ofrecen empezar el asunto.
Giusspe arqueó las cejas.
Es muy noble de su parte- comentó.
Bueno-dijo Gibo cambiando su gesto habitual por una mueca-tienen más vías de escape, más munición y, por supuesto, iban a hacerlo aunque nosotros no moviésemos ficha. Ahora, con nuestras acciones coordinadas, será más fácil confundir a la policía. Además, todo está programado para dentro de cinco días, coordinándose con varias ciudades.
Es muy poco tiempo-La preocupación era palpable en las palabras de Giussepe.
Vivimos tiempos complicados Signore Saco-dijo, entre risas.
No estaba acostumbrado a que lo llamasen por su apellido, pero había aprendido a tolerar, tras muchos años, a su compañero de trincheras. Podía llegar a ser molesto, pero era confiable como nadie y, en tiempos como estos, eso era más que necesario.
Bueno-comentó Gibo, un poco más serio- hay una parte importante en la que entras tú. Verás, tenemos miedo de que los fascistas, esos que instalaron su sede en la vía terralba hace dos meses, estén planeando algo así que tenemos planeada una pequeña sorpresa. En la reunión se propuso un ataque durante su reunión, dentro de tres días y, bueno, teniendo en cuenta tu experiencia durante la guerra, creímos que serías el indicado. Los anarquistas enviarán a uno de sus compañeros con la mitad del material. En caso de que tú aceptaras, tendrías la otra mitad en casa esta misma noche ¿Que me dices?
Acepto-dijo tras unos segundos.
Hmm bien-Gibo sonaba mucho más relajado-el lugar de contacto es la plaza de Angelo, junto a la esquina con el teatro abandonado. Él responde ante pequeño, tú, ante gorrión. Tenéis completa libertad de acción.
Después de aquello, la charla fluyó por derroteros más suaves. El tiempo llevó a la nueva conquista amorosa de Gibo, esa muchacha llevó al último partido y el fútbol acabó en un silencio prolongado. Ninguno de los dos hombres quería admitir el miedo que corría por sus entrañas. La utopía soñada podía estar a semanas,incluso menos, pero la sombra de la guadaña inundaba sus pensamientos. Sin embargo, ninguno quería desalentar al otro con sus pesares y decidían dejarlo en un rincón de su cabeza.
Cerraron la charla, con la noche al caer y con los vasos secos. Tras salir del bar, caminaron un rato juntos hasta llegar a su barrio. Casas de ladrillo gastado se apilaban unas con otras, coronadas por chimeneas destartaladas y por tejados desgastados. La calle, mal empedrada y muy sucia, era indistinguible de las aceras. Vivían en calles paralelas. Saco se despidió de Gibo y siguió andando, hasta llegar a su casa. Muchas veces intentaba buscar diferencias entre su casa y las otras, pero rara vez encontraba alguna diferencia. Abrió la puerta y se quedó en la entrada, esperando. No quería despertar a su tío que dormía en una silla del salón. A la hora llegó una compañera del partido con una caja llena de recipientes metálicos y mechas. Le preguntó si necesitaba encendedor, a lo que respondió que no.
Los días, tensos y angustiosos, pasaron y llegó la noche de la acción. Giussepe caminó hasta el punto acordado y esperó. Los minutos transcurrieron lentos hasta que vio una figura acercarse con una mochila. Es un hombre mayor,con una gabardina un poco raída, un gorro de lana y unas botas desgastadas. Se podía distinguir un profundo mostacho, recortado de forma desigual, y unos ojos pequeños, cuyo color, a causa de la escasa luz de la noche, era complicado de adivinar.
Cuando estuvieron frente a frente, el desconocido preguntó, con un marcado acento francés, gorrión, a lo que Giussepe respondió pequeño. Acto seguido, se metieron en un callejón.
Llegas tarde-dijo Saco con sequedad.
Bueno-dijo el desconocido-tuve que esquivar a la policía.
Siguieron trabajando y rellenado los explosivos.
Tengo un plan-dijo el francés- hay una ventana trasera, donde podemos echar una de las cargas y, cuando salgan arrojar las dos por la puerta.
Giussepe lo meditó durante unos segundos.
Me parece bien-dijo al final.
Avanzaron por la callejuela y llegaron a donde estaba la ventana. La pared donde iban a lanzar la primera hacía esquina con la calle donde se situaba la puerta de entrada al local. Cuando buscaban algo para subirse, un voz les detuvo.
¡¿QUE COÑO ESTÁIS HACIENDO AHÍ?!-un camisa negra, con una navaja en la mano, se acercaba hacia ellos.
El francés sacó una pistola y le pegó cuatro tiros. Su cuerpo cayó en el empedrado y el sonido seco inundó la calle. Dentro se escuchó movimiento de sillas. En medio del nerviosismo que ahogaba su mente, una idea cruzó la mente de Saco. Cogió las cargas explosivas, las ató al cadáver del fascista y las encendió. Cuando los fascistas salieron a la calle y doblaron la esquina, cogieron en brazos al muerto. Para cuando todo había explotado, los dos hombres estaban a varios metros.
Conozco a poca gente que lleve una pistola así-comentó Giussepe al ver el tipo de pistola-es un buen modelo, pero poco popular.
Bueno-respondió el desconocido; su cara mostraba mucha más tranquilidad, algo que sorprendió a Saco-después de quince años de "propaganda por el hecho" por media Francia, uno aprende algo sobre herramientas apropiadas...oye ¿Tú como sabías que metiéndole las bombas por los calzones nos iba permitir huir sin daños?
Son cosas que uno aprende tras dos años en una trinchera-Los ojos de Giussepe miraban a la nada-y que nunca olvida.
Tras unos segundos de silencio, se pusieron en marcha. Caminaron durante un rato hasta que sus caminos se separaron. Mientras caminaron juntos, el silencio fue el silencio fue un compañero más. Giussepe decidió que molestaría a un primo que le debía un favor; vivía cerca de ahí y la confianza era profunda.
Sin embargo Giussepe no contó que a un padre de cinco hijos, con un horario desastroso, una visita de madrugada no sería recibida con amor y alegría. La cara de asco, pesar y sueño era una visión casi cómica, aunque contrastaba con la miseria que rodeaba la vida de un empleado de la estación ferroviaria. Aun así, le dejó pasar y le buscó un sitio.
El comunista se durmió placido en el sofá. En sus sueños vio el mundo por el que él y sus compañeros luchaban.
miércoles, 22 de abril de 2020
jueves, 9 de abril de 2020
Una de monstruos en el east end-historia para Cobito.
"Es la misma historia de siempre"
La vieja no dejaba de murmurar. Tenía tantas arrugas como trabajos mal pagados y unos ojos verdes claros, que le recordaban al pueblo que tuvo que abandonar. Su pelo, antes rubio oscurecido, se había vuelto blanco. Recordaba a una montaña, pues esa cumbre nevada se sostenía por un cuerpo de hombros estrechos y una cadera un poco más ancha. Si uno no se fijaba, pocos lo hacían, vería otra mujer más del east end de aquel horrible año de 1893. Una de las miles de células proletarizadas que sostenían con su dolor, esfuerzo y llanto.
La vieja había presenciado como un hombre mataba a otro en un acceso de locura. Era una escena típica. El alcohol, la desesperanza, la miseria y el sufrimiento ponían armas en las manos de las personas e ira en su corazón. Sin embargo vio algo en sus ojos, algo que le trajo a la memoria un recuerdo sobre algo que había oído,una historia de la tierra de su familia.
"Eh Ileana, métete en casa, que parece que hayas visto a un fantasma" Su vecino Ian, con su fuerte acento irlandés, le había recordado, que es mejor alejarse de un problema, para no ser parte de él, cuando apareciese la policía. Así eran las cosas aquí. Nadie había visto ni oído nada, aunque a veces se decían cosas, que casi nunca valían la pena. Ella pasó de la calle a su casa. Una pequeña estancia de dos plantas, cuyas paredes grisáceas encajaban bien con el tono de los tiempos. Las escasas ventanas de cristal sucio apenas dejaban paso a la luz y el techo, negro, parecía no poder aguantar las nieves de un invierno cada vez más cercano. Ilena accedió al salón cocína. Presidida por una mesa de roble, estaba iluminada por una pobre luz de techo. La única decoración que insuflaba algo de vida era una alfombra roja, algo raída y agujereada por el paso del tiempo, y una vieja fotografía del marido y los hijos de Ilena, los cuales, si no habían muerto, habían hecho su vida cada uno en su sitio.
Su casero le permitió realquilar la casa a una familia de Gales. Dos hijos, una mujer jamaicana y un hombre autóctono de un pequeño pueblo cercano a Swansea, que llegaron a Londres sin nada, se convirtieron en lo que evitaba que la casa se le cayese encima. La vieja se sentó en el sillón y se durmió. Hacía días que estaba cansada y nada más dejarse caer en el sofa, fue atrapada por el sueño. Durante su viaje onírico, visitó la tierra de sus antepasados. Rusia era preciosa incluso cuando no podías sentir la caricia de su viento en la piel, o dejar que el agua de sus ríos le purificase las entrañas. Fue entonces cuando ella apareció en sus sueños. Anastasia, su abuela, tenía un pelo grisaceo corto y un cuerpo más delgado. Sus ojos verdes eran pequeños y rasgados, prueba de una ascendencia siberiana.Su s ropas eran las mismas con las que la enterraron. Había olvidado cuan agradable era su presencia.
Mi pequeño gorrión-dijo Anastasia con cariño-¿Has olvidado las viejas leyendas que te contaba cuando estabas sentada en mi regazo?
Pero yaya-intentó excusarse Ileana-Rusia está muy lejos de aquí y los cuentos de hadas son de otra época y tiempo, ahora solo hay monstruos sin alma de metal y demonios con uniforme.
Ay, mi pequeña niña-la aparición, real o inventada, de su yaya la miraba con rostro triste y benevolente-que los tiempos avancen, no borra los viejos demonios, solo añade nuevos. Esta nueva tierra tiene vampiros que no temen a la luz del sol, pero que le chupan la sangre a la gente como los strigois.
Casi se me ha olvidado tu rostro-dijo con tristeza-y también tus enseñanzas. No puedo verlos, aunque los busque, ni sé como vencerlos.
Recuerdas aquella historia sobre un brujo que sembraba la discordia-dijo Anastasia-¿Como era tu parte favorita?
"Cuídate de Víctor, el de los ojos amarillos, que inclina a la violencia y llena de odio el corazón de los hombres. Cuídate de Víctor, el de la mano azul, que solo teme al fugo y al valor sincero. Cuídate de Víctor, habitante de las cuevas y abrigos, que es tan viejo como cristo"-las palabras brotaban de la boca de Ileana-era mi cuento favorito, pero nunca creí que fuera real.
Lo es mi amor-dijo la abuela y le acarició el rostro-pero no les tengas miedo, protege a quienes amas de los monstruos como mi madre y su madre antes que ella hacían. Sé fuerte en la oscuridad y podrás ver amanecer de nuevo.
Sopló un viento fuerte que desvaneció el sueño y ella despertó con frío en el cuerpo y pesar en el alma. Vio como la vida se le echaba encima, sintiendo que las peores pesadillas, que moraban en los bosque más profundos de su tierra y en los rincones más oscuros de su imaginación, habían cruzado el mar helado para iniciar la cacería. La idea del conflicto le aterraba, pero se sentía responsable de los horrores de su patria. Algo la impulsaba a evitar que, las gentes de Londres, que tan amablemente la habían acogido, sufriesen a manos de una criatura vil que nunca debería haber salido de su tierra.
Cogió un paquete de cerillas y se lo metió al bolsillo. Buscó el aceite de engrasar y varios líquidos inflamables, cuando se dio cuenta de que ni si quiera sabía quien era la criatura.ni donde estaba.
Necesitaba salir a dar un paseo. Cuando bajó a la calle, se la encontró vacía, salvo por un hombre con gafas de sol y cubierto hasta arriba. Era finales de febrero y el frío lo envolvía todo. Mientras paseaba volvió a encontrarse con su vecino irlandés. Había llegado a su callejón por accidente.
Te noto cansada-dijo con una cara larga- ¿Ocurre algo?
Solo estoy un poco cansada-mintió- además, el tiempo no acompaña y últimamente solo ocurren desgracias en el barrio. Peleas, robos,incendios...parece que nos han maldecido.
El irlandés se santiguó
Si-dijo mirando al horizonte-desde hace un mes todo parece ir mal. No me gusta pensar en fantasmas, monstruos y esas cosas, pero me es imposible no traerlos a mi mente.
Se quedó pensativo unos segundos y dijo- ¿Te has fijado en ese hombre que siempre va cubierto? llegó hace un tiempo y me da malas sensaciones.
Un torbellino de detalles sacudió su mente. De repente recordó todas las veces que había visto a aquel hombre. Aunque hubiese dicho,y no sería del todo mentira, que el hombre se fundía con el entorno que proyectaban sus recuerdos,ella no lo hubiese notado. La verdad la golpeó como un mazo, pues vio que aquel hombre había cruzado el mar helado para cazar en otro lugar.
Entonces una voz congeló sus entrañas desde el otro lado del callejón. "Puedo oler a nuestra patria en tí Ileana. No importa cuanto huyas, sé cuando alguien ha nacido en mis dominios"
El miedo carcomía las entrañas de ambos. Cuando la criatura sacó a relucir su mano azul, el irlandés se desmayó. En una lengua arcana, pronunció unas frases, mientras, con gran intensidad, miraba a la mujer. La cabeza de Ileana era un reino de la demencia. Recuerdos, imaginaciones y pesadillas se unían y se separaban, mientras oía la voz en su cabeza, rompiendo su voluntad y quebrando su cordura.
La mente del brujo iba dominado la suya. Entonces, el recuerdo de su abuela apareció. La rabia de una vida miserable, de saber que morirás en una tierra extranjera, la incomprensión y la ansiedad se canalizaron desde su corazón a su mente. Un pequeño "bum" se escuchó en el aire y Víctor se echó para atrás. Aprovechando el despiste, Ileana le arrojó el contenido inflamable y luego le lanzó una cerrilla.
Su luz iluminó la sucia calla y sus gritos quebraron la agobiante tranquilidad que apresaba el barrio. Un rastro desconocido pero inconfundible revelaba el camino que la criatura había seguido, pero Ileana sabía que, si no volvía a su tierra, la criatura se iría a otro lugar. Pasada la adrenalina, el cansancio la venció y se tomó el lujo de poder sentarse.
Mi pequeño gorrión-dijo Anastasia con cariño-¿Has olvidado las viejas leyendas que te contaba cuando estabas sentada en mi regazo?
Pero yaya-intentó excusarse Ileana-Rusia está muy lejos de aquí y los cuentos de hadas son de otra época y tiempo, ahora solo hay monstruos sin alma de metal y demonios con uniforme.
Ay, mi pequeña niña-la aparición, real o inventada, de su yaya la miraba con rostro triste y benevolente-que los tiempos avancen, no borra los viejos demonios, solo añade nuevos. Esta nueva tierra tiene vampiros que no temen a la luz del sol, pero que le chupan la sangre a la gente como los strigois.
Casi se me ha olvidado tu rostro-dijo con tristeza-y también tus enseñanzas. No puedo verlos, aunque los busque, ni sé como vencerlos.
Recuerdas aquella historia sobre un brujo que sembraba la discordia-dijo Anastasia-¿Como era tu parte favorita?
"Cuídate de Víctor, el de los ojos amarillos, que inclina a la violencia y llena de odio el corazón de los hombres. Cuídate de Víctor, el de la mano azul, que solo teme al fugo y al valor sincero. Cuídate de Víctor, habitante de las cuevas y abrigos, que es tan viejo como cristo"-las palabras brotaban de la boca de Ileana-era mi cuento favorito, pero nunca creí que fuera real.
Lo es mi amor-dijo la abuela y le acarició el rostro-pero no les tengas miedo, protege a quienes amas de los monstruos como mi madre y su madre antes que ella hacían. Sé fuerte en la oscuridad y podrás ver amanecer de nuevo.
Sopló un viento fuerte que desvaneció el sueño y ella despertó con frío en el cuerpo y pesar en el alma. Vio como la vida se le echaba encima, sintiendo que las peores pesadillas, que moraban en los bosque más profundos de su tierra y en los rincones más oscuros de su imaginación, habían cruzado el mar helado para iniciar la cacería. La idea del conflicto le aterraba, pero se sentía responsable de los horrores de su patria. Algo la impulsaba a evitar que, las gentes de Londres, que tan amablemente la habían acogido, sufriesen a manos de una criatura vil que nunca debería haber salido de su tierra.
Cogió un paquete de cerillas y se lo metió al bolsillo. Buscó el aceite de engrasar y varios líquidos inflamables, cuando se dio cuenta de que ni si quiera sabía quien era la criatura.ni donde estaba.
Necesitaba salir a dar un paseo. Cuando bajó a la calle, se la encontró vacía, salvo por un hombre con gafas de sol y cubierto hasta arriba. Era finales de febrero y el frío lo envolvía todo. Mientras paseaba volvió a encontrarse con su vecino irlandés. Había llegado a su callejón por accidente.
Te noto cansada-dijo con una cara larga- ¿Ocurre algo?
Solo estoy un poco cansada-mintió- además, el tiempo no acompaña y últimamente solo ocurren desgracias en el barrio. Peleas, robos,incendios...parece que nos han maldecido.
El irlandés se santiguó
Si-dijo mirando al horizonte-desde hace un mes todo parece ir mal. No me gusta pensar en fantasmas, monstruos y esas cosas, pero me es imposible no traerlos a mi mente.
Se quedó pensativo unos segundos y dijo- ¿Te has fijado en ese hombre que siempre va cubierto? llegó hace un tiempo y me da malas sensaciones.
Un torbellino de detalles sacudió su mente. De repente recordó todas las veces que había visto a aquel hombre. Aunque hubiese dicho,y no sería del todo mentira, que el hombre se fundía con el entorno que proyectaban sus recuerdos,ella no lo hubiese notado. La verdad la golpeó como un mazo, pues vio que aquel hombre había cruzado el mar helado para cazar en otro lugar.
Entonces una voz congeló sus entrañas desde el otro lado del callejón. "Puedo oler a nuestra patria en tí Ileana. No importa cuanto huyas, sé cuando alguien ha nacido en mis dominios"
El miedo carcomía las entrañas de ambos. Cuando la criatura sacó a relucir su mano azul, el irlandés se desmayó. En una lengua arcana, pronunció unas frases, mientras, con gran intensidad, miraba a la mujer. La cabeza de Ileana era un reino de la demencia. Recuerdos, imaginaciones y pesadillas se unían y se separaban, mientras oía la voz en su cabeza, rompiendo su voluntad y quebrando su cordura.
La mente del brujo iba dominado la suya. Entonces, el recuerdo de su abuela apareció. La rabia de una vida miserable, de saber que morirás en una tierra extranjera, la incomprensión y la ansiedad se canalizaron desde su corazón a su mente. Un pequeño "bum" se escuchó en el aire y Víctor se echó para atrás. Aprovechando el despiste, Ileana le arrojó el contenido inflamable y luego le lanzó una cerrilla.
Su luz iluminó la sucia calla y sus gritos quebraron la agobiante tranquilidad que apresaba el barrio. Un rastro desconocido pero inconfundible revelaba el camino que la criatura había seguido, pero Ileana sabía que, si no volvía a su tierra, la criatura se iría a otro lugar. Pasada la adrenalina, el cansancio la venció y se tomó el lujo de poder sentarse.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)