miércoles, 22 de abril de 2020

Historia para Salva-Un paso hacia la libertad

Arriba las putas manos-dijo el carabineri- ¿Cómo te llamas?

Giuseppe contestó y maldijo cada segundo el descaro del policía, que, unido al creciente dolor de los hombros, hacía que deseara ver muerto al policía. La policía de Arezano estaba como loca desde las ocupaciones en Piamonte, aquel 1919 estaba siendo conflictivo. Los patronos, temerosos de la fuerza obrera, lanzaban a sus perros contra los sindicatos, que sufrían registros y torturas policiales de forma continuada.

Los burguesitos jóvenes se vestían en la noche, con camisas pardas y negras, para intimidar a los lideres socialistas. Se oían rumores de un antiguo socialista que estaba ganando poder entre la reacción. Giussepe dudaba de esas historias, aunque a veces le costaba creer que solo fuesen mentiras

Cuando el cerdo terminó su labor, Giussepe siguió con su camino a la taberna del gallo. Había cosas que no podían dejar pasarse.

Ahí le esperaba Gibo, amigo de la infancia.

Perdona el retraso-dijo- me han entretenido para un toqueteo.
Últimamente están muy babosos.

Y no les faltan motivos-dijo Gibo. Sonreía como casi siempre. Era raro verlo triste, incluso cuando las cosas estaban serias- ¿Alguien te ha comentado algo sobre lo que debatimos en la asamblea?

Esa pregunta no iba con trampa. Gibo podía ser risueño, pero era un militante leal a la organización y, sobretodo, no era estúpido. Desde hacía medio año, se vigilaba bastante las posibles "fugas" de información que pudiera haber. Ellos no habían tenido ningún susto, pero secciones enteras del partido comunista habían sufrido ataques fascistas y asedio policial.
La situación y su gravedad inundaban su cabeza y le impedían pensar en otra cosa que no fuese la policía y la prisión. Tal era su retraimiento, que fueron necesarios varios chasquidos de Gibo para que le prestase atención.

Te preguntaba si sabías a que me estaba refiriendo-dijo sonriente.

No, no pude asistir a la reunión-dijo Giussepe masajeándose el rostro-ni pude ir, ni nadie me ha contado nada.

Bueno-se terminó el vino y elevó, ante la mirada desaprobadora de su interlocutor, la voz- hemos iniciado negociaciones con los anarquistas que dominan los astilleros. Nuestro contacto es el español ese, Emilio Gil, que vino hace unos meses a la ciudad. Nos ha dicho que el apoyo a las ocupaciones es total y que se ofrecen empezar el asunto.

Giusspe arqueó las cejas.

Es muy noble de su parte- comentó.

Bueno-dijo Gibo cambiando su gesto habitual por una mueca-tienen más vías de escape, más munición y, por supuesto, iban a hacerlo aunque nosotros no moviésemos ficha. Ahora, con nuestras acciones coordinadas, será más fácil confundir a la policía. Además, todo está programado para dentro de cinco días, coordinándose con varias ciudades.

Es muy poco tiempo-La preocupación era palpable en las palabras de Giussepe.

Vivimos tiempos complicados Signore Saco-dijo, entre risas.

No estaba acostumbrado a que lo llamasen por su apellido, pero había aprendido a tolerar, tras muchos años, a su compañero de trincheras. Podía llegar a ser molesto, pero era confiable como nadie y, en tiempos como estos, eso era más que necesario.

Bueno-comentó Gibo, un poco más serio- hay una parte importante en la que entras tú. Verás, tenemos miedo de que los fascistas, esos que instalaron su sede en la vía terralba hace dos meses, estén planeando algo así que tenemos planeada una pequeña sorpresa. En la reunión se propuso un ataque durante su reunión, dentro de tres días y, bueno, teniendo en cuenta tu experiencia durante la guerra, creímos que serías el indicado. Los anarquistas enviarán a uno de sus compañeros con la mitad del material. En caso de que tú aceptaras, tendrías la otra mitad en casa esta misma noche ¿Que me dices?

Acepto-dijo tras unos segundos.

Hmm bien-Gibo sonaba mucho más relajado-el lugar de contacto es la plaza de Angelo, junto a la esquina con el teatro abandonado. Él responde ante pequeño, tú, ante gorrión. Tenéis completa libertad de acción.

Después de aquello, la charla fluyó por derroteros más suaves. El tiempo llevó a la nueva conquista amorosa de Gibo, esa muchacha llevó al último partido y el fútbol acabó en un silencio prolongado. Ninguno de los dos hombres quería admitir el miedo que corría por sus entrañas. La utopía soñada podía estar a semanas,incluso menos, pero la sombra de la guadaña inundaba sus pensamientos. Sin embargo, ninguno quería desalentar al otro con sus pesares y decidían dejarlo en un rincón de su cabeza.
Cerraron la charla, con la noche al caer y con los vasos secos. Tras salir del bar, caminaron un rato juntos hasta llegar a su barrio. Casas de ladrillo gastado se apilaban unas con otras, coronadas por chimeneas destartaladas y por tejados desgastados. La calle, mal empedrada y muy sucia, era indistinguible de las aceras. Vivían en calles paralelas. Saco se despidió de Gibo y siguió andando, hasta llegar a su casa. Muchas veces intentaba buscar diferencias entre su casa y las otras, pero rara vez encontraba alguna diferencia. Abrió la puerta y se quedó en la entrada, esperando. No quería despertar a su tío que dormía en una silla del salón. A la hora llegó una compañera del partido con una caja llena de recipientes metálicos y mechas. Le preguntó si necesitaba encendedor, a lo que respondió que no.


Los días, tensos y angustiosos, pasaron y llegó la noche de la acción. Giussepe caminó hasta el punto acordado y esperó. Los minutos transcurrieron lentos hasta que vio una figura acercarse con una mochila. Es un hombre mayor,con una gabardina un poco raída, un gorro de lana y unas botas desgastadas. Se podía distinguir un profundo mostacho, recortado de forma desigual, y unos ojos pequeños, cuyo color, a causa de la escasa luz de la noche, era complicado de adivinar.

Cuando estuvieron frente a frente, el desconocido preguntó, con un marcado acento francés, gorrión, a lo que Giussepe respondió pequeño. Acto seguido, se metieron en un callejón.

Llegas tarde-dijo Saco con sequedad.

Bueno-dijo el desconocido-tuve que esquivar a la policía.

Siguieron trabajando y rellenado los explosivos.

Tengo un plan-dijo el francés- hay una ventana trasera, donde podemos echar una de las cargas y, cuando salgan arrojar las dos por la puerta.

Giussepe lo meditó durante unos segundos.

Me parece bien-dijo al final.

Avanzaron por la callejuela y llegaron a donde estaba la ventana. La pared donde iban a lanzar la primera hacía esquina con la calle donde se situaba la puerta de entrada al local. Cuando buscaban algo para subirse, un voz les detuvo.

¡¿QUE COÑO ESTÁIS HACIENDO AHÍ?!-un camisa negra, con una navaja en la mano, se acercaba hacia ellos.

El francés sacó una pistola y le pegó cuatro tiros. Su cuerpo cayó en el empedrado y el sonido seco inundó la calle. Dentro se escuchó movimiento de sillas. En medio del nerviosismo que ahogaba su mente, una idea cruzó la mente de Saco. Cogió las cargas explosivas, las ató al cadáver del fascista y las encendió. Cuando los fascistas salieron a la calle y doblaron la esquina, cogieron en brazos al muerto. Para cuando todo había explotado, los dos hombres estaban a varios metros.

Conozco a poca gente que lleve una pistola así-comentó Giussepe al ver el tipo de pistola-es un buen modelo, pero poco popular.

Bueno-respondió el desconocido; su cara mostraba mucha más tranquilidad, algo que sorprendió a Saco-después de quince años de "propaganda por el hecho" por media Francia, uno aprende algo sobre herramientas apropiadas...oye ¿Tú como sabías que metiéndole las bombas por los calzones nos iba permitir huir sin daños?

Son cosas que uno aprende tras dos años en una trinchera-Los ojos de Giussepe miraban a la nada-y que nunca olvida.

Tras unos segundos de silencio, se pusieron en marcha. Caminaron durante un rato hasta que sus caminos se separaron. Mientras caminaron juntos, el silencio fue el silencio fue un compañero más. Giussepe decidió que molestaría a un primo que le debía un favor; vivía cerca de ahí y la confianza era profunda.

Sin embargo Giussepe no contó que a un padre de cinco hijos, con un horario desastroso, una visita de madrugada no sería recibida con amor y alegría. La cara de asco, pesar y sueño era una visión casi cómica, aunque contrastaba con la miseria que rodeaba la vida de un empleado de la estación ferroviaria. Aun así, le dejó pasar y le buscó un sitio.

El comunista se durmió placido en el sofá. En sus sueños vio el mundo por el que él y sus compañeros luchaban.

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