domingo, 12 de julio de 2020

historia para dario

La bala de uranio empobrecido hizo impacto en armadillo dentado. Sus restos se esparcieron en un círculo al rededor de una mancha calcinada. Los miembros de su manada se detuvieron; sopesando las opciones, giraron sus cabezas amarillas, desplegaron sus patas propulsoras y se fueron saltando. Cuando ya se internaron en el bosque, el tirador respiró tranquilo. Odiaba a esos pequeños acorazados destructores de cercas y plantas. Su pelo rojo estaba cubierto por una gorra azul, que contrastaba con el rojo de su respirador. Su peto de trabajo, de un azul más claro que el gorro, estaba manchado con restos de barro reseco. Su botas llevaban siglos cubiertas de una capa protectora que se hacía más fija a medida que ponía sus pies en la tierra húmeda.

Miró a la espesura del bosque, formado por setas azules del tamaño de un roble y por helechos negros con bolas naranjas. Rara vez se adentraba, solo cuando aparecía un ciervo cíclope. Aunque su único ojo rojo, su piel negra carbón y sus patas de pollo resultasen repulsivas, el sabor esponjoso de su carne la hacía una presa sumamente apetecible. Por otra parte, jamás volvería a comer armadillo dentado. Piel dura de arrancar, sabor amargo y de difícil digestión. Cinco años atrás, durante los primeros cinco meses que pasó en el planeta, fueron la base de su dieta.

Y fueron cinco meses horribles.


Se volvió adentró de su granja-casa de plástico aleado. Debido a su color verde, solía contrastar con el paisaje aunque la forma redondeada recordaba bastante a las setas. A la izquierda estaba la antena, que mantenía la casa conectada. Los campos del maíz que se había adaptado al planeta estaban a la derecha. en la parte de atrás había un pequeño almacén con herramientas de trabajo. La entrada recordaba vagamente a un arco de herradura. El pequeño pasillo que separaba la puerta exterior de la interior, hacía las veces de recibidor frío y escasamente decorado. El colono avanzó y llegó a la puerta. El ruido de los conductos vibrando indicaba que la cena que había dejado preparándose estaba lista. Sin necesidad de echarle un vistazo, se dirigió a la sala de ordenador. Un hombre, sentado enfrente del ordenador, está tan absorto que no notó como otra persona entraba en la sala. Un espíritu centrado que habitaba en un cuerpo fibrado, con ojos color verde y pelo negro.

Tierra llamando a cerebrito-dijo el enorme colono-repito, tierra llamando a cerebrito.

Eh-contestó su interlocutor, después de un ligero sobresalto pero sin apartarse del ordenador-no me distraigas de mi trabajo

¿Que haces?-dijo el otro hombre mientra sonreía.

Analizar los datos del radar, la tierra y la atmósfera-dijo sin despegar un ojo del ordenador-y no te hagas ilusiones con tocarme si antes no te has limpiado.

Con una sonrisa de oreja, se fue a la habitación a cambiarse y a limpiarse. Su pequeño templo de confianza no era muy diferente al resto de la casa, pero la sensación de seguridad que recorría su cabeza cada vez que veía la cama pegada a la pared. El calefactor, debajo de la ventana, era lo que hacía llevadero el fresco de la época húmeda. Se cambió tan rápido como pudo y salió de la habitación. Al pasar por la cocina aprovechó para terminar la cena y, cambiado, volvió a la sala del ordenador. Entonces, el hombre sentado frente al ordenador,se levantó y le abrazó. Después de gruñir un poco, le dio un beso.

Miguel-dijo el más alto de los dos-te quiero.

Y yo a ti-contestó. Adheridos por amor, ambos se sentaron en el suelo y durante un buen ratos, nada pudo separarlos. Cuando el ambiente estaba dominado por el cariño, las tripas de Miguel sonaron.

Pedro ¿Que has dejado hecho en la termomix?-preguntó Miguel

Gachas con frutos que recogí esta mañana-dijo Pedro.

Hmpppp-gruñó Miguel-bueno, al menos no es armadillo.


Cuando se levantaban, escucharon un sonido fuera. Ambos hombres se miraron a los ojos y Pedro se fue a por el rifle; Miguel cogió el hacha  que descansaba en el suelo de la sala de operaciones. Cuando ambos estuvieron en posición se hizo el silencio.


Entonces se escuchó la rotura de una puerta. El oxigeno no tardaría en acabarse si no lo remediaban pronto.

Una figura negra, con una máscara táctica se les acercó, abriendo fuego con una MP-5, haciendo señas con la mano. Su traje negro dificultaba la visión de la pareja que optó por esconderse, dejando un bulto detrás del sofá. Detrás de una mesa, observaron como el escuadrón de la muerte abría fuego contra el bulto. Pedro vio como Miguel estaba preparando una pequeña granada de humo usando fósforo que estaba calentando con la termomix y metiendo lo en una lata con una cuerda para encender. Aprovechando el ruido de los disparos, Pedro abrió fuego contra el escuadrón de la muerte, logrando darle a dos de ellos. Dos boquetes aparecieron en los cuerpo de los asaltantes mientras sus sorprendidos compañeros se sorprendían y abrían fuego desde posiciones más seguras . Tras un intenso tiroteo, los asaltantes pudieron avanzar, pero ya era tarde. Miguel había activado la bomba de humo. Gracias al caos, lograron llegar a una delas ventanas que daban al cobertizo. Fuera, la pareja de colonos se atrincheró en el cobertizo. Esperaron, en silencio a que saliesen de la casa. Cuando los tuvo  tiro, disparó, alcanzando a uno de ellos. El otro abrió fuego en su posición y tuvieron el tiempo justo para agacharse. Cuando Pedro pudo reaccionar, lo tuvo encima. Un culatazo fue directo a sus costillas. El quebrado hizo temblar todo el cuerpo. Un segundo ataque surgió desde arriba hacia su cabeza logró pararlo a tiempo. Con los dos rifles chocando, comenzaron a hacer fuerza, presionando ira contra ira. A medida que iban haciendo fuerza, comenzaron a moverse en círculos. Los dientes crujían y los musculos comenzaba a flaquear. En un momento determinado, Miguel tropezó y cayó al suelo. Justo cuando va a rematar, un sonido de desgarro se escucha en la noche silenciosa. El asaltante cae muerto al suelo y, cuando la mascara se desprende, un rostro femenino, frío, desalmado y con la mirada apagada, aparece.

¿Tú crees que ha sido el dueño de las plantaciones?-pregunta Pedro, confuso.

Es lo más seguro-responde Miguel- ¿Quien si no podría contratar a esta gente?

Pues hya poner en sobre aviso a los demás granjeros, a los del pueblo y todos los que salieron a explorar y aun no han vuelto-dice Pedro, con ira en los ojos- no podemos dejar que nos quite lo que hemos logrado con nuestras manos encalladas, para que luego se lo reparta a sus hijos. Este bosque es nuestro, nosotros nos hemos adaptado y ya somos uno con él. Es nuestro sudor el que ha regado estas tierras y serán nuestros cuerpos los que descansen en ella.

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