La vieja no dejaba de murmurar. Tenía tantas arrugas como trabajos mal pagados y unos ojos verdes claros, que le recordaban al pueblo que tuvo que abandonar. Su pelo, antes rubio oscurecido, se había vuelto blanco. Recordaba a una montaña, pues esa cumbre nevada se sostenía por un cuerpo de hombros estrechos y una cadera un poco más ancha. Si uno no se fijaba, pocos lo hacían, vería otra mujer más del east end de aquel horrible año de 1893. Una de las miles de células proletarizadas que sostenían con su dolor, esfuerzo y llanto.
La vieja había presenciado como un hombre mataba a otro en un acceso de locura. Era una escena típica. El alcohol, la desesperanza, la miseria y el sufrimiento ponían armas en las manos de las personas e ira en su corazón. Sin embargo vio algo en sus ojos, algo que le trajo a la memoria un recuerdo sobre algo que había oído,una historia de la tierra de su familia.
"Eh Ileana, métete en casa, que parece que hayas visto a un fantasma" Su vecino Ian, con su fuerte acento irlandés, le había recordado, que es mejor alejarse de un problema, para no ser parte de él, cuando apareciese la policía. Así eran las cosas aquí. Nadie había visto ni oído nada, aunque a veces se decían cosas, que casi nunca valían la pena. Ella pasó de la calle a su casa. Una pequeña estancia de dos plantas, cuyas paredes grisáceas encajaban bien con el tono de los tiempos. Las escasas ventanas de cristal sucio apenas dejaban paso a la luz y el techo, negro, parecía no poder aguantar las nieves de un invierno cada vez más cercano. Ilena accedió al salón cocína. Presidida por una mesa de roble, estaba iluminada por una pobre luz de techo. La única decoración que insuflaba algo de vida era una alfombra roja, algo raída y agujereada por el paso del tiempo, y una vieja fotografía del marido y los hijos de Ilena, los cuales, si no habían muerto, habían hecho su vida cada uno en su sitio.
Su casero le permitió realquilar la casa a una familia de Gales. Dos hijos, una mujer jamaicana y un hombre autóctono de un pequeño pueblo cercano a Swansea, que llegaron a Londres sin nada, se convirtieron en lo que evitaba que la casa se le cayese encima. La vieja se sentó en el sillón y se durmió. Hacía días que estaba cansada y nada más dejarse caer en el sofa, fue atrapada por el sueño. Durante su viaje onírico, visitó la tierra de sus antepasados. Rusia era preciosa incluso cuando no podías sentir la caricia de su viento en la piel, o dejar que el agua de sus ríos le purificase las entrañas. Fue entonces cuando ella apareció en sus sueños. Anastasia, su abuela, tenía un pelo grisaceo corto y un cuerpo más delgado. Sus ojos verdes eran pequeños y rasgados, prueba de una ascendencia siberiana.Su s ropas eran las mismas con las que la enterraron. Había olvidado cuan agradable era su presencia.
Mi pequeño gorrión-dijo Anastasia con cariño-¿Has olvidado las viejas leyendas que te contaba cuando estabas sentada en mi regazo?
Pero yaya-intentó excusarse Ileana-Rusia está muy lejos de aquí y los cuentos de hadas son de otra época y tiempo, ahora solo hay monstruos sin alma de metal y demonios con uniforme.
Ay, mi pequeña niña-la aparición, real o inventada, de su yaya la miraba con rostro triste y benevolente-que los tiempos avancen, no borra los viejos demonios, solo añade nuevos. Esta nueva tierra tiene vampiros que no temen a la luz del sol, pero que le chupan la sangre a la gente como los strigois.
Casi se me ha olvidado tu rostro-dijo con tristeza-y también tus enseñanzas. No puedo verlos, aunque los busque, ni sé como vencerlos.
Recuerdas aquella historia sobre un brujo que sembraba la discordia-dijo Anastasia-¿Como era tu parte favorita?
"Cuídate de Víctor, el de los ojos amarillos, que inclina a la violencia y llena de odio el corazón de los hombres. Cuídate de Víctor, el de la mano azul, que solo teme al fugo y al valor sincero. Cuídate de Víctor, habitante de las cuevas y abrigos, que es tan viejo como cristo"-las palabras brotaban de la boca de Ileana-era mi cuento favorito, pero nunca creí que fuera real.
Lo es mi amor-dijo la abuela y le acarició el rostro-pero no les tengas miedo, protege a quienes amas de los monstruos como mi madre y su madre antes que ella hacían. Sé fuerte en la oscuridad y podrás ver amanecer de nuevo.
Sopló un viento fuerte que desvaneció el sueño y ella despertó con frío en el cuerpo y pesar en el alma. Vio como la vida se le echaba encima, sintiendo que las peores pesadillas, que moraban en los bosque más profundos de su tierra y en los rincones más oscuros de su imaginación, habían cruzado el mar helado para iniciar la cacería. La idea del conflicto le aterraba, pero se sentía responsable de los horrores de su patria. Algo la impulsaba a evitar que, las gentes de Londres, que tan amablemente la habían acogido, sufriesen a manos de una criatura vil que nunca debería haber salido de su tierra.
Cogió un paquete de cerillas y se lo metió al bolsillo. Buscó el aceite de engrasar y varios líquidos inflamables, cuando se dio cuenta de que ni si quiera sabía quien era la criatura.ni donde estaba.
Necesitaba salir a dar un paseo. Cuando bajó a la calle, se la encontró vacía, salvo por un hombre con gafas de sol y cubierto hasta arriba. Era finales de febrero y el frío lo envolvía todo. Mientras paseaba volvió a encontrarse con su vecino irlandés. Había llegado a su callejón por accidente.
Te noto cansada-dijo con una cara larga- ¿Ocurre algo?
Solo estoy un poco cansada-mintió- además, el tiempo no acompaña y últimamente solo ocurren desgracias en el barrio. Peleas, robos,incendios...parece que nos han maldecido.
El irlandés se santiguó
Si-dijo mirando al horizonte-desde hace un mes todo parece ir mal. No me gusta pensar en fantasmas, monstruos y esas cosas, pero me es imposible no traerlos a mi mente.
Se quedó pensativo unos segundos y dijo- ¿Te has fijado en ese hombre que siempre va cubierto? llegó hace un tiempo y me da malas sensaciones.
Un torbellino de detalles sacudió su mente. De repente recordó todas las veces que había visto a aquel hombre. Aunque hubiese dicho,y no sería del todo mentira, que el hombre se fundía con el entorno que proyectaban sus recuerdos,ella no lo hubiese notado. La verdad la golpeó como un mazo, pues vio que aquel hombre había cruzado el mar helado para cazar en otro lugar.
Entonces una voz congeló sus entrañas desde el otro lado del callejón. "Puedo oler a nuestra patria en tí Ileana. No importa cuanto huyas, sé cuando alguien ha nacido en mis dominios"
El miedo carcomía las entrañas de ambos. Cuando la criatura sacó a relucir su mano azul, el irlandés se desmayó. En una lengua arcana, pronunció unas frases, mientras, con gran intensidad, miraba a la mujer. La cabeza de Ileana era un reino de la demencia. Recuerdos, imaginaciones y pesadillas se unían y se separaban, mientras oía la voz en su cabeza, rompiendo su voluntad y quebrando su cordura.
La mente del brujo iba dominado la suya. Entonces, el recuerdo de su abuela apareció. La rabia de una vida miserable, de saber que morirás en una tierra extranjera, la incomprensión y la ansiedad se canalizaron desde su corazón a su mente. Un pequeño "bum" se escuchó en el aire y Víctor se echó para atrás. Aprovechando el despiste, Ileana le arrojó el contenido inflamable y luego le lanzó una cerrilla.
Su luz iluminó la sucia calla y sus gritos quebraron la agobiante tranquilidad que apresaba el barrio. Un rastro desconocido pero inconfundible revelaba el camino que la criatura había seguido, pero Ileana sabía que, si no volvía a su tierra, la criatura se iría a otro lugar. Pasada la adrenalina, el cansancio la venció y se tomó el lujo de poder sentarse.
Mi pequeño gorrión-dijo Anastasia con cariño-¿Has olvidado las viejas leyendas que te contaba cuando estabas sentada en mi regazo?
Pero yaya-intentó excusarse Ileana-Rusia está muy lejos de aquí y los cuentos de hadas son de otra época y tiempo, ahora solo hay monstruos sin alma de metal y demonios con uniforme.
Ay, mi pequeña niña-la aparición, real o inventada, de su yaya la miraba con rostro triste y benevolente-que los tiempos avancen, no borra los viejos demonios, solo añade nuevos. Esta nueva tierra tiene vampiros que no temen a la luz del sol, pero que le chupan la sangre a la gente como los strigois.
Casi se me ha olvidado tu rostro-dijo con tristeza-y también tus enseñanzas. No puedo verlos, aunque los busque, ni sé como vencerlos.
Recuerdas aquella historia sobre un brujo que sembraba la discordia-dijo Anastasia-¿Como era tu parte favorita?
"Cuídate de Víctor, el de los ojos amarillos, que inclina a la violencia y llena de odio el corazón de los hombres. Cuídate de Víctor, el de la mano azul, que solo teme al fugo y al valor sincero. Cuídate de Víctor, habitante de las cuevas y abrigos, que es tan viejo como cristo"-las palabras brotaban de la boca de Ileana-era mi cuento favorito, pero nunca creí que fuera real.
Lo es mi amor-dijo la abuela y le acarició el rostro-pero no les tengas miedo, protege a quienes amas de los monstruos como mi madre y su madre antes que ella hacían. Sé fuerte en la oscuridad y podrás ver amanecer de nuevo.
Sopló un viento fuerte que desvaneció el sueño y ella despertó con frío en el cuerpo y pesar en el alma. Vio como la vida se le echaba encima, sintiendo que las peores pesadillas, que moraban en los bosque más profundos de su tierra y en los rincones más oscuros de su imaginación, habían cruzado el mar helado para iniciar la cacería. La idea del conflicto le aterraba, pero se sentía responsable de los horrores de su patria. Algo la impulsaba a evitar que, las gentes de Londres, que tan amablemente la habían acogido, sufriesen a manos de una criatura vil que nunca debería haber salido de su tierra.
Cogió un paquete de cerillas y se lo metió al bolsillo. Buscó el aceite de engrasar y varios líquidos inflamables, cuando se dio cuenta de que ni si quiera sabía quien era la criatura.ni donde estaba.
Necesitaba salir a dar un paseo. Cuando bajó a la calle, se la encontró vacía, salvo por un hombre con gafas de sol y cubierto hasta arriba. Era finales de febrero y el frío lo envolvía todo. Mientras paseaba volvió a encontrarse con su vecino irlandés. Había llegado a su callejón por accidente.
Te noto cansada-dijo con una cara larga- ¿Ocurre algo?
Solo estoy un poco cansada-mintió- además, el tiempo no acompaña y últimamente solo ocurren desgracias en el barrio. Peleas, robos,incendios...parece que nos han maldecido.
El irlandés se santiguó
Si-dijo mirando al horizonte-desde hace un mes todo parece ir mal. No me gusta pensar en fantasmas, monstruos y esas cosas, pero me es imposible no traerlos a mi mente.
Se quedó pensativo unos segundos y dijo- ¿Te has fijado en ese hombre que siempre va cubierto? llegó hace un tiempo y me da malas sensaciones.
Un torbellino de detalles sacudió su mente. De repente recordó todas las veces que había visto a aquel hombre. Aunque hubiese dicho,y no sería del todo mentira, que el hombre se fundía con el entorno que proyectaban sus recuerdos,ella no lo hubiese notado. La verdad la golpeó como un mazo, pues vio que aquel hombre había cruzado el mar helado para cazar en otro lugar.
Entonces una voz congeló sus entrañas desde el otro lado del callejón. "Puedo oler a nuestra patria en tí Ileana. No importa cuanto huyas, sé cuando alguien ha nacido en mis dominios"
El miedo carcomía las entrañas de ambos. Cuando la criatura sacó a relucir su mano azul, el irlandés se desmayó. En una lengua arcana, pronunció unas frases, mientras, con gran intensidad, miraba a la mujer. La cabeza de Ileana era un reino de la demencia. Recuerdos, imaginaciones y pesadillas se unían y se separaban, mientras oía la voz en su cabeza, rompiendo su voluntad y quebrando su cordura.
La mente del brujo iba dominado la suya. Entonces, el recuerdo de su abuela apareció. La rabia de una vida miserable, de saber que morirás en una tierra extranjera, la incomprensión y la ansiedad se canalizaron desde su corazón a su mente. Un pequeño "bum" se escuchó en el aire y Víctor se echó para atrás. Aprovechando el despiste, Ileana le arrojó el contenido inflamable y luego le lanzó una cerrilla.
Su luz iluminó la sucia calla y sus gritos quebraron la agobiante tranquilidad que apresaba el barrio. Un rastro desconocido pero inconfundible revelaba el camino que la criatura había seguido, pero Ileana sabía que, si no volvía a su tierra, la criatura se iría a otro lugar. Pasada la adrenalina, el cansancio la venció y se tomó el lujo de poder sentarse.
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