La montaña no era amiga de nadie. Ni noble, ni plebeyo. Ni laico, ni religioso. El frío y el viento eran lo único de ese mundo que no hacía distinción ante nadie. Eran igual de duros cuando su abuela caminaba por aquellas sendas, y lo serían cuando sus nietos continuasen con el trabajo en la tierra. Pere avanzaba por los caminos de tierra junto a su compañeros remensas. El año había sido duro.
Desde el momento en el que habían corrido a palos a los cobradores del señor, solo habían sufrido. Pero mayor sufrir era sentir el yugo de la carga injusta, de la humillación feudal y asco profundo que sentían cuando miraban al castillo. Dos eran las cosas que les recordaban, cada día, su condición de siervos, la losa que su señor les ataba un poco más cada día. Nada más levantarse, notaban los callos, los mismos que habían surcado las manos de sus padres y madres, en sus palmas. Luego, al salir al campo y perfilada por la luz del alba, se alzaba la picota.
El yugo del trabajo y el duro castigo. Pere sabía que lo hacía un payés. No había conocido otra vida y solo el escaso contacto con el exterior le ayudaba a imaginarse otra vida. Le había dado muchas vueltas, sobre en ahora, para distraer la mente de la dureza de la lucha. Nunca había compartido sus pensamientos pero sabía que rondaban ideas parecidas a las suyas por las cabezas de algunos de sus compañeros. Habían oido historias sobre dulcino y su revuelta. La idea de un mundo sin amos no era tan descabellada, sobre todo si podían vencer a esos amos en su terreno.
La guerra.
Pere manoseaba su hacha. Era basta y no había sido pensada para la guerra, como la mayoría de los que allí estaban. Combatir a las tropas señoriales era duro. El horror del primer combate se había enrraizado en su corazón y muchas eran las noches donde soñaba con sus manos cubiertas de sangre. El alma de quien pudiese resistir eso, sin flaquear, pertenecía a otro mundo. Los quejidos de sus compañeros lo devolvieron a la realidad. Muchos eran vecinos suyos, otros compartían señor. Llevaban más de dos meses en las montañas, manteniendo la guerrilla viva. No les disgustaba del todo el cansancio de la lucha pues, la hermandad que lo unía a sus compañeros más que cualquier fatiga que el trabajo pudiera darle.
En ese momento, llegaron al punto de reunión y lo dispusieron todo para el ataque. Ocultos por los matorrales de la ladera o por el sotobosque al otro lado del camino, llegaban a sentirse parte de aquellos fríos y verdes montes. Apretaban, nervisosos, la roca con sus pies mientras su respiración acelerada contrastaba con el viento frío del noreste. La única música que podía oirse era el tensar de cuerdas.
Entonces llegaron.
Bien vestidos con los colores señoriales, avanzaban los guardias y sus protegidos. Sus cotas de malla y porte altanero eran lo único que los diferenciaba de los campesinos y, por eso, lo mostraban tan a menudo. Sus cascos parecían pegados a su dueños y a veces tenía un aura poco humana. Las espadas, lanzas y ballestas colgaban de sus manos y los escudos, a la espalda, se les hacían pesados. Sonó el falso ulular de un búho y los payeses saltaron a la batalla. Los de suelo los empujaron contra la ladera y sobre ellos saltaron quienes se habían quedado en lo alto. Arrinconados y sorprendidos, las tropas del señor se separaron, perdiendo la formación. Albert, uno de sus compañeros, se lanzó contra un chaval con armadura. Su espada cortó la limpia cara del chico. A Pere, sin embargo, le tocó el premio gordo.
Ante él se encontraba una mole forrada de cota de malla y telas azules. El odio en su mirada podía encoger el corazón de Pere, que consiguió esquivar milagrosamente la espada. El payes fue capaz de esquivar al soldado hasta que, en un golpe de suerte se colocó a un lado de su rival y logró poner el pie en el gemelo de su pierna izquierda, haciéndole perder el equilibrio, al mismo tiempo que le hundía el hacha en la espalda con toda su fuerza. El peso del esfuerzo, más un pequeño traspiés le hizo bajar su cuerpo más de la cuenta, haciéndo que se quedase a pocos centímetros del suelo.
Y eso le salvó la vida.
Solo un siseo familiar le hizo advertir la suerte que había tenido. Lo siguiente que vio fue un asta surgir del ojo de su compañero Albert. Una mala andanada de los soldados realistas había sembrado el caos en, la ya desordenada, escaramuza. Cogió un escudo abandonado y se abrió camino hasta el grupo central de sus compañeros mientras gritaba que se reorganizasen. A los quince segundos, una segunda andanada se lanzó, estrellándose contra un, improvisado, muro de escudos. Los payeses habían acabado con el núcleo duro y se lanzaron contra esos ballesteros aislados, los cuales acabaron huyendo camino abajo.
Tras un grito, los guerrilleros se unieron y subieron monte arriba. Pere y unos cuantos más estuvieron varias horas hostigando a los fugitivos, mientras otro grupo rastreaba más presencia militar. Tras varias horas, caminaron cinco kilómetros en dirección a otro condado para evitar las represalias.
El andar era cansado, pero más cansaba ser esclavo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario