miércoles, 18 de enero de 2017

El infierno son las otras personas.

Desde hace tiempo hay una frase que retumba en mi cabeza. Es la frase que pronunció Sartre en referencia a que en buena medida el sufrimiento que cada ser humano siente y padece está provocado por gente de su entorno la cual con sus decisiones o sus creencias la conduce al enfado la tristeza o la desesperación. Y es cierto, a parte de tus propios demonios (de los cuales el mundo suele ser el culpable) , aquello que te hace sufrir es lo que te rodea y el como la gente de tu alrededor te mira o te trata. Estas sometido a su mandato sea de tu gusto o no, sus decisiones influirán en tu vida, sea de tu agrado o no, y sus opiniones afectarán a tu desarrollo vital, independientemente si te son útiles o no, o si te parecen correctas.

Con esto no quiero decir que tú, lector, seas un cristo del s.XXI, un martir que ha venido a la tierra a sufrir los tormentos del infierno humano para que cuando expongas tus quejas( muy similares al resto de mortales comunes) sean elevadas a la altura de oraciones suplicantes a algún jefazo de ahí arriba, puesto que normalmente será otro pobre diablo (o diabla, quien sabe) el que escuche tus penas y que se esté aguantando ese infierno personal que representa tu compañía, pues tu también generas ese pequeño infierno personal. Posiblemente muchos de aquellos que me leen ya se habían percatado pero mucha gente parece que permanece ajena al hecho.
Cada ser humano, es en buena medida, un lucifer de un averno con patas y no existe en esta vida una solución definitiva para no serlo. Es difícil no convertirse en un infierno aun que todas tus acciones están destinadas a ello, pues lentamente te convertirás en un mártir y los mártires suelen provocar sufrimiento.

Siendo que no podemos eliminar esto que podemos hacer para vivir en un infierno que se pueda tolerar. Es decir, en la medida de lo posible elegir nuestro propio infierno y tratar con el demonio que mejor podamos aguantar. No creo que otra solución sea posible más allá de soportar los vaivenes del tiempo y poder elegir los palos que mejor podamos aguantar.

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