martes, 6 de febrero de 2018

Historia de May. Mareas de Sangre.

Callejeó por el barrio cercano al puerto. Tras bajar varias calles, encontró el tugurio que buscaba. Su nariz detectó el olor a agua salda y la humedad de la puerta recorrió todas las células de su piel cuand puso los dedod en ella. El antro, una mezcla entre fosa séptica y cueva de acantilado con agua estancada, carecía de luz, imitando los abismos del mar, y el desorden reinaba por doquier. Sus ojos verdes trataron de acostumbrarse a la oscuridad. Mientras tanteaba en la ocuridad, una sombra se movió en dirección a la puerta pasando por la pared del otro extremo de la habitación. Ella movió una estantería y la hizo caer delante de la cosa que corría. Cuando ésta tropezó, ella saltó sobre ella y la arrastró al interior. La criatura era fuerte y la empujó haciéndola caer, pero ella se levantó doblándose sobre si misma y cogiendo a la criatura del cuello para poder tumbarla. Mientras el bicho luchaba por levantarla de su centro de gravedad, ella le rompió la nariz de un puñetazo.


Sus ojos entonces se volvieron negros, y sin luz, pudo contemplar a la horrible bestia. Era una profunda, raza bastarda entre humanos y otras criaturas que el paso de los eónes habían convertido en míticas, cubierta de escamas. Sus manos, de pariencia humana gracias un hechizo antiguo, se mostraban ahora como tentáculos. Era una strega y no hacía más que chillar de dolor por su boca picuda y miraba con odio a la chica, la rabia se sentía en esos ojos remotamente parecidos a los de un pulpo.

Entonces la reconoció.

Oh pero si es Náxandria-dijo mientras escupía un par de dientes-que hace la princesita de los mares por aquí.
Haciendo justicia- dijo ella mirándole con asco- quiero que me digas donde dejaste el orbe.
Se lo di a ciertos caballero, que siempre mira al marrgh-las babas sanguinolientas olían a calarmar.

Náxandria se levantó y se dirigió a la puerta. Fue en ese momento cuando se detuvo, girándose hacia la strega.

¿Que te ofrecieron?-preguntó ella.
Lo que tu pueblo siempre me ha negado. No ser un felpudo ¿En tu justicia va incluido eso? no eres diferente a cierto rubio que yo me sé.

Naxandria se fue con una sensación extraña en el estómago. Avanzó calle arriba para llegar a su casa. A edida que subía por los callejones sentía como los recuerdos la ataban a las simas marinas de su espíritu. Como un tsunami, las palabras de aquel bicho habían perturbado su corazón y ahogado su alma en un mar oscuro de dolor y cansancio. Entró en su cuarto y se tumbó sobre la cama, al día siguiente sería un día largo.

La mañana pasó larga en la ocupación que esta decada le permitía estar cerca de la cala negra, y tener un sueldo. Hoy era bióloga marina, hace cien años, pescadora. Las horas pasaron lentas como una marea de luna ausente. Cuando la jornada acabó se dirigió hacia el bar del puerto. Fue allí donde le vio.
Sus miradas se entrecruzaron y Naxandria tuvo que salir fuera de los nervios. Era un tipo alto, con mirada abisal y su pelo era de azabache. En contraste con el tono cobrizo de Nax, el chico presentaba un color de piel palido y su rubio platino se enfrentaba al oscuro pelo de Naxandria. Ambos eran antinaturalmente hermosos. Nax salió hasta la puerta y cuando intentaba llegar hacia la otra calle, él apareció de entre las sombras.

Lanzó un puñetazo que impactó en la boca de Naxandria. Ella se tambaleó hacia atras mientras luchaba contra el dolor y la sorpresa. Su rival no perdió el tiempo y trató de hacerle un placaje, pero la distancia que había entre ambos dio a Nax tiempo suficiente como para reaccionar. Fluyó al rededor del tipo, tirándose al suelo para poder meterle la zancadilla en el instante mismo en el que su centro de gravedad cambió. Mientras el hombre mordia el polvo, Nax lograba ponerse en pie. Cuando aquel tipo trató de levantarse e ir hacia ella, solo obtuvo una patada como respuesta. Tras eso, la adrenalina dejó de hacer efecto y empezaron a sentir los huesos rotos y las magulladuras, cayendo ambos al suelo mientras se lamentaban del dolor.

Para ser una niñata-dijo mientras trataba de ponerse en pie- pegas bastante bien.
Callate, gilipollas-dijo mientras se apoyaba en la pared para ponerse en pie-¿donde escondisteis el orbe?
¿Yo? ¿Esconder?-dijo mientras reía-hace unas horas que se la entregue a quien tú ya sabes, que me hayas cogido es pura casualidad.
Sois unos idiotas-murmuró ella-Indaixo, eres un jodido siervo.
Si lo quieres tendrás que hacer una visita familiar-dijo riéndose-seguro que todo el mundo estará encantado de verte.

Tras pasar unos minutos, logró recuperar la suficiente fuerza como para moverse. Era viernes y mañana era día libre, así que se encaminó hacia la cala. Cogió el sendero que la conducía hacia lel promontorio mientras en su corazón luchaban los sentimientos de deber frente al dolor del pasado. Cuando llegó a la cima, sintió como su corazón se aceleraba. Iba a volver a casa. Se desnudó y saltó hacia el vacío. Al tiempo que caía pronunció las palabras que transformaron sus piernas en una cola y añadieron unas branquias a su cuello. Nadó varias millas mar adentro hasta que llegó al punto exacto donde comenzaba la corriente marina que la conectaba con el palacio. Se dejó llevar por la fuerza del agua y llegó a la atlantida.

La ciudad del mar era tan bella como hacía un siglo. Muros enormes sostenían la cúpula que separaba el mar del reino. Las columnas que sostenían la estructura eran tan fuertes que ni el paso de los eones había podido con ella. Las estatuas de los grandes héroes protegían la entrada. Nax sabía que debía entrar como se fue, por la puerta de atras. Descendió hacia la zona de las columnas, pues allí conocía un pasadizo que la llevaría directa a su hogar y a la corte. Entró por uno de los agujeros y pronunció el conjuro al reves, lo cual le devolvió sus piernas y se puso a arrastrarse por el conducto.

Esquivó a los guardias con sigilo y, siguiendo uno de los pasillos secundarios, llegó hasta la puerta. Al abrirla fue como si la sigues un séquito de gorgonas pues todos los integrantes de la sala se quedaron de piedra. Solo poseidón supo reaccionar. Su inmensidad solo era comparable a la de un oso, pues sus anchos hombros llegaban cada uno a un lado del  trono y su barba poblada solo dejaba entrever una mueca de decepción y un ojo vacío tapado por un parche. El ojo sano apenas dejaba ver emoción de ningún tipo. La corona dorada contrastaba con el color oscuro y salpicado de manchas rojas del orbe. Como si de una glaciación se tratase, todos los miembros de la sala no ovían un usculo mientras la observaban avanzar.

Admirad todos como la hija prodiga vuelve a casa-dijo el megalomaniaco dios-para aceptar la voluntad de su padre.
Jamás verán eso tus ojos-dijo ella con una rabia en los ojos que desharía los mares y los convertiría en desiertos de odio-nunca e arrodillaré ante ti, devuelve el orbe a su sitio.
Nunca-dijo Poseidon. Su tono sombrío ocultaba una ira que solo iba en aumento-la estirpe de Adan firmó hace largo tiempo su veredicto, yo me voy a limitar a ser su ejecutor.
El odio te ha poseído-dijo Naxandria,tratando de mantenerse serena-echarás sobre inocentes el peso de unos pocos culpables. Unos culpables a los que las mareas del tiempo ahogaron ya.
Toda su estirpe pagará por lo que le hicieron-sus dientes se apretaban mientras el se agarraba a su sillón para no descargar toda su rabia-ellos mataron lo que vivía en mi corazón, yo destruiré su paso por la historia.
También era mi madre, cabrón desalmado-las lagrimas brotaban de los ojos de Nax mientras se fijaban en su padre, un torrente de odio se sumaba al tsunami de tristeza que estaba ahogando su corazón-ellos me la arrebataron, pero tu me arrebataste a mi amor.
SOY TU CONDENADO PADRE-la furia del mar ya estaba desatada- HARÉ LO QUE SEA EJOR PARA TÍ Y NO PODRÁS IMPEDIRLO. JURO POR TODOS LOS MARES QUE NINGUNA DE MIS HIJAS DESPOSARÁ O YACERÁ NUNCA CON UN MORTAL.
Te reto a un duelo-dijo mientras se secaba las lagrimas y apagaba el dolor de su cabeza, a la vez que silenciaba los gritos de dolor-por el orbe, por mi honor y por los inocentes.

El rugido de su padre enarbolando su arma contra ella fue su forma de aceptar el duelo. El filo pasó cerca de ella, pero dobló su espalda y pasó rasante. Su padre se desequilibró pero no cayó. Se había vuelto torpe. Se estaba confiando. Su siguiente movimiento fue de arriba a abajo. Nax bailó al rededor de su padre y cargó un codazo que clavó en sus costillas. El rugido de dolor de su padre fue el primero de tantos, pues Nax no dejó de golpear, durante varios segundos, las costilla de su padre. Cuando se apartó su padre se giró solo para descubrir como ella agarraba su cabeza y le golpeaba en la nariz con la suya. Tras dos patadas, Nax se alzó como vencedora y recogió el orbe.

Su padre gritó y ordenó su exilio. Naxandria, ex princesa y protectora de los humanos.

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