Aun faltaban varias horas para que el sol se elevase por encima de los generadores de hologramas publicitarios. Aunque la ciudad dormida Nayaxa llevaba varias horas despierta. En su unidad piso de reducidas dimensiones, la cual compartía con otras tres chicas, reinaba el silencio más absoluto. La tranquilidad ejercía una presión horrible sobre ella, pues parecía antinatural. Solo las gotas casi monotonas de la cafetera rompían el silencio de vez en cuando, aunque su artificial ritmo, acompasado al ritmo muerto y vacío de la ciudad, hace que se haga más estresante. Abajo corría el monorrail nocturno que lleva a los currantes, afortunados según el consejo de sabios y la patronal, al area industrial. El humos de la fábricas se camufla con el negro de la madrugada mientras los iluminadores ayudan a tapar las luces del firmamento. Nayaxa se quedó embobada mirando la única estrella rebelde que flotaba en el cielo. Se sentía sola, algo aterrada y,aunque no pudiese dormir, cansada.
Miró a lo que, desde hacía tres años, era su hogar. Un espacio central que conectaba con sus habitaciones, con unos pocos muebles. El centro era una mesa, a cuya izquierda había una radio con generador de 4D que le daba vida. La cocina estaba a la derecha, era una habitación sencilla. Solo un horno, unos palmos de encimera, unos fuegos y un microondas. El baño estaba en el extremo derecho del salón. La decoración era del estilo minimalista que reinaba en esa década...y el único que ellas, y la mayor parte de la ciudad podía permitirse.
El horario de Nayaxa y sus compañeras era el ismo desde hacía años. Bajaban cuando salía el sol a los almacenes de pescado que conectaban con el puerto y volvían al anochecer. Sin apenas descanso. Sin apenas vacaciones. Hora, tras hora. Día tras día. Hundían los cuchillo en los peces modificados coo la rutina se hundía en sus corazones. Apenas sentían esperanza ninguna. O al menos, hasta hoy.
Se hicieron las seis de la mañana y ella se adelantó. Bajó hasta su calle, no sin antes pillar una pistola, y avanzó por uno de los puentes que daba hasta su lugar de trabajo. Allí la esperaba Miguel Krepetekyn, antiguo experto en los túneles de su empresa hasta su despido.
Empieza nuestro turno-dijo él.
Nay no respondió. Rápidamente buscaron una boca de alcantarilla, por allí pedro se guió perfectamente y encontraron una entrada a las conexiones entre el mar y los almacenes. Cuando vives entre sombras no es difícil avanzar en la oscuridad, pensaron ambos.
Se encapucharon y comenzaron a bloquear todos los salientes de agua para que la presión aumentase. Nay rompía los cables que mantenían el agua lo suficientemente templada para que no se congelase y así taponase todo. En unos minutos el tune reventaría por la presión. Salieron corriendo lo suficiente mente rápido como para evitar que el derrumbe los pillase. Se escondieron para poder comprobar como el resto de las acciones habían sido llevadas a cabo. Algunas carreteras de acceso a la ciudad estaban cortadas, los monorrailes magnéticos estaban siendo desinmantados haciendo que se parasen...
Nay sabía cual era su parte del plan, así que se despidión de Miguel y avanzó hacia el siguiente tramo del plan. Los coches de policía volaban ya sobre la ciudad y tuvo que esconderesa varias veces. No son muy listos pero van armados. Un idiota armado que se cree mejor que tú es peligroso, decía su abuela.
Llegó, tras varias horas de caminata, a la parte concretada. Todo el mundo había hecho su labor, la ciudad estaba empezando a sumirse en el caos. El ambiente estaba caliente y, salvo los policías, todo el mundo estaba de su parte.
La zona era una de las viejas partes de la ciudad que quedaron abandonadas cuando, hacía una generación, se abandonaron. Era un barrio muy parecido a los del siglo XXI. Una calle con bloques de pisos, que se sumían lentamente en el abandono, terminaba ante un viejo parque con caballitos y columpios, donde el oxido del metal se fundía con los quejidos de dolor. "Casi parece el alma de esta ciudad quejandose" meditó Nayaxa.
De pronto empezaron a aparecer sus compañeras. Todas ellas mujeres. Con la braga subida y la capucha puesta. En sus ojos se notaba la calma, pero una calma que oculta algo, una calma que esconde un corazón lleno de rabia. Avanzaron lentamente hacia un callejó y y por allí descendieron a una calle subterranea, hace tiempo olvidada. El camino las llevó hacia una de las estaciones de policia donde se almacenaban los coches y las tanquetas. Nay sintió como si estuviesen entrando en los depositos de carbón de un horno.
De repente un sentimiento la invadió. Era un viejo conocido. La ira. La ira de la frustración y el fracaso. La ira de verse en una posición inferior día tras día, desde un omento que se había perdido en el tiempo como un sueño en la mañana. De una ira que la empujaba a llorar cada noche al acostarse. Pero hoy no era esa ira. Hoy esa ira guiaba uno a uno sus pasos. Hoy esa ira le hacía amartillear su pistola. Hoy esa ira le impulsaba a saltar, profiriendo un grito que salió desde su corazón, el muro que la separaba de sus enemigos.
Ya no era Nax. Eran furia.
Las mujeres entraron dentro del recinto casi en masa. Los policías, somnolientos pero sedientos de sangre, tardaron en reaccionar. Las balas silbaron baladas de muerte, cuya triste melodía contrastaba con el potente encender de las baterías de las porras electricas. No hubo cuartel, para nadie. Nax sintió como una de de las balas, que acabó despejando el alma de un mujer que se encontraba a su espalda, le pasaba cerca de la cabeza. El microsegundo en el que festejó su vuelta de entre los muertos sirvió para que un madero se abalanzase encia de ella. Los 100kg de represor se lanzaron en un placaje cuyo cuerpo no podía sostener. Dejó caer su cuerpo como una hoja de otoño, mientras ponía sus piernas dobladas sobre su cuerpo. En el mismo instante en el que el policía estuvo encima de ella, dibujando una mueca de placer en su rostro, ella solotó sus piernas que fueron a impactar en el pecho del policía que se quedó seco. Su mosntruosidad violenta se derrumbó ante sus ojos. En su mirad a se reflejaba la incredulidad de quien pierde el poder subitamente. Era un matón derrotado, solo era un hombre.
Nax miró el cadaver de su compañera, entonces vio al policía y la volvió a sentir. Sin saber como, acabó colocada encima del policía golpeandole la cara. Uno tras otro, como gotas de café. Como lagrimas de rabia. Tras varios minutos de violencia desenfrenada Nax volvió en si. El dolor inundaba el ambiente y la sangre hacía ya ratos que corría por los suelos. Tras varios minutos de trasteo y arreglos, consiguieron hacer funcionar las tanquetas de la policía. Se apropiaron de ellas y las condujeron hacia la gran avenida.
La gran avenida era la espina dorsal del monstruo. Todas las calles acababan desembocando en ella y su final estaba la cabeza, donde residían los sabios. Hordas de tecnocratas, poseedores del poder político y económico, se hacinaban en aquel lujoso barrio parlamento y se alimentaban del alma de la ciudad, pudriendola y haciendo agonizar a sus habitantes.
Cuando Nax y sus compañeras llegaron vieron a miles de encapuchados que avanzaban hacia la cabeza. Frente a ellos, una masa de policías y tanquetas dispuestas a pintar de rojo las calles por mantener al monstruo vivo. Nax sintió silencio en su interior y notó como el mundo se ralentizaba. La rabia, la tristeza y la adrenalina...comenzaron a hacer mella en ella. Sintió como si su ser se saliese de su cuerpo. Aunque notaba el volante en sus manos y como lo estaba dirigiendo hacia los policías para arrollarlos, era como si otra hubiese tomado su cuerpo. Ese estado de trance duró hasta que los gritos de miedo y dolor de los policías rompieron la atmósfera gris. Los manifestantes saltaron sobre ellos y entonces comenzó la lucha. Las balas volaron aunque los policías eran incapaces de apuntar,pues enseguida se vieron superados por hordas de rabia. Cuando los golpes y los disparos cesaron, la gente se quedó quieta. Tras unos minutos se giraron y avanzaron en silencio hacia la cabeza, mientras se dibujaba una sonrisa pues olían el miedo de sus habitantes.
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