El chico corría por el callejón bajo las pasarelas y trató de ocultarse. Su respiración era un chivato y los dos gorilas le encontraron al final de aquella pared. Tras un contenedor-trituradora se había escondido, pero ellos le arrancaron de las sombras para que la luz de los neones iluminase su muerte. Cuando su aliento golpeó su cara supo que esa noche no pasaría más hambre, pues cenaría nudillos. Quizás no pasaría hambre nunca más.
Un golpe, otro, otro...el puño iba matando su piel. Así era el futuro. Una mala palabra, un mal gesto una mirada demasiado larga. El final estaba a la vuelta de la esquina. Esos eran los nuevos tiempos. La muerte a cada paso. Cuando el dolor había cesado y sus ojos se iban cerrando, vio el puñetazo definitivo alzándose. Pero no lo sintió. Notó calor. Al abrir los ojos descubrió a una figura que les lanzaba bolas de fuego a sus oponentes. Era una figura femenina, su color de piel era moreno aunque no como la gente de la tribu, su baja estatura contrastaba con su rudeza y en sus ojos crepitaba la rabia. Sus movimientos eran secos, bailando al rededor de sus rivales cuando trataba de esquivar los golpes. Un mono-sudadera cubría su cuerpo. Un gorro de lana tapaba su pelo, mientras que sus pies estaban protegidos por unas botas. El chico estaba flipando.
Uno de los gorilas estaba gimiendo de dolor al ver su brazo en llamas. El otro se colocó delante de la chica, movido por la rabia, se abalanzó. Ella solo sonrió. Cuando el gorila estuvo encima de ella, se apartó y de su antigua posición surgió una columna de tierra que noqueó al gorila. El chico se mantuvo en shock un rato hasta que salió huyendo. Ni una mirada, ni un gesto ni un gracias. Solo una carrera para huir del monstruo. La chica se alejó al rato. Ningún policía se presentó. No importaba, solo molestaban. Agradeció que su entrenamiento en tierra control hubiese mejorado en los últimos seis meses.
Se dirigió a la camioneta que estaba más cercana. Era de las de primera generación. Motor chusco de elevación pero con buen manejo. Era una pieza de museo que cumplía. Dentro había otra reliquia, aunque solo trasmitiera la sensación de los tiempos muertos. El interior era deplorable, dos colchones secos se apilaban el uno junto al otro, sin dejar espacio a las cajas para los trastos personales. En uno de los colchones descansaba la sobra de lo que en otro tiempo fue una mujer. Alta, blanca y con un cuerpo musculado, aunque decadente. No se molestaba en tapar su desnudez, salvo por una tímido braga. La luz del sol insufló un poco de vida que se apreció en la energía azul de sus ojos. Tras un murmullo, decidió ponerse la camiseta que había usado ayer, y antes de ayer y...
hmmmm ¿Otra vez haciendo el trabajo de basurera?-dijo quitándose las legañas.
Haciendo mi trabajo de avatar-contestó con una sonrisa torcida.
Ah si, tu trabajo de avatar-dijo riendose para sus adentros.
¿Que tiene eso de gracioso? Kera-cuando la chica le respondió, se notó un aumento de la rabia en el aire
No nada, no tiene nada de gracioso-dijo la mujer mirando al vacío, sin expresiones, sin emociones y sin gesto.
¿TE PARECE DE RISA MI MISIÓN SAGRADA?-la cara de la chica irradiaba odio, en sus ojos ardía el fuego de la tribu de su padre.
Un poco sí-dijo la mujer, elevando su tono de voz aunque sin abandonar la impasibilidad.
COMO PUEDES SER TAN FRÍA, NO TIENES CORAZÓN-Ahora el fuego ocultaba el agua de sus ojos, la herencia de la tribu de su madre.
Salió de la camioneta en dirección a una esquina. Las lagrimas no le dejaban ver, pero supo que la dirección correcta era la opuesta a la camioneta. Se resguardó detrás de los motores de un purificador de aire. Kera estuvo un rato inmóvil en el vehículo, encadenada por sus pensamientos.
Al rato salió de la camioneta. El cansancio existencial pegaba sus pies al suelo, pero los remordimientos eran un buen combustible. Se la encontró, acurrucada en una esquina.
Oye mira Iria, lo siento-dijo mirandola a los ojos-solo estoy un poco cansada ¿Es por lo del viejo? ¿no?
¿Tú crees que mentía?-la humedad de su manga empezaba a disiparse ya
Es más complicado, Iria, eres el avatar-dijo mirándola- y lo que dijo es cierto...o al menos lo era. Mira lo que dijo es como las cosas deberían ser, no como realmente son ¿Vale? lo que quiero decir es el mundo ha cambiado.
Entonces...¿lo de la fuerza que equilibra al mundo?-preguntó Iria
Espiritualmente lo eres, pero es ahora la junta militar quien controla las cuatro naciones-dijo Kera un poco asqueada-su poder es inmenso y no creo que puedas reparar el daño que hizo la guerra entre maestros y no maestros...sin sufrir en el intento.
Pero es algo que puede hacerse ¿No?-decía al ver nacer su alegría de nuevo
No dirías eso si hubieses estado en aquello-las palabras sonaban a peso muerto-hay heridas que no se cerraran en esta generación y puede que tampoco en la siguiente.
Eso es triste-dijo acurrucándose en su hombro.
Ey, no soy yo la que va a reencarnarse al morir-dijo Kera sonrriendo.
Kera-murmuró
Dime-respondió
Gracias por estar aquí-dijo Iria antes de cerrar los ojos
Nada-dijo al tiempo que le besaba la frente-le prometí a tu padre que te cuidaría.
Dejó a Iria dormir en el espacio del copiloto y encendió la furgoneta. El elevador funcinó y abandonó la callejuela. El camino era largo, tras la vía urbana llegaron a un descampado. Las viejas estructuras industriales se sostenían por obra de la fortuna mientras los escombros formaban la alfombra de aquel hogar del pasado. Paredes derruidas y caminos de tierras que habían visto tiempos mejores eran el cuerpo de aquel lugar. El alma, el vacío.
Un maestro de la tierra ayudaba a construir una chabola mientras otros dos maestros, de tierra y agua, hacían cemento. Uno del aire había dejado de trabajar y entretenía a los hijos de los no maestros con unas cometas. "Solo en la miseria pueden entenderse" pensó Kera al recordar como vivían los habitantes en las ciudades, separados y comidos por el odio. Un odio que crea monstruos.
Monstruos de piel humana.
Los vio aparecer a los lejos, con bates y cadenas. Llevaban sus típicos uniformes de chulitos. Pelos cortos de cepillo, chaquetas de chapas metálicas y desprecio en los ojos. Sus botas machacaban el asfalto. Kera miró a la gente asustada. Ninguno de los habitantes del descampado parecía tener entrenamiento militar, e imaginó que los otros, si no eran maestros supremacistas, serían anti maestros extremistas y tendrían bloqueadores de chi. Eso iba a ser una masacre. Quería esconderse pero algo la impulsó a salir. "Mierda" pensó. Se bajó de la furgoneta dejando las ventanillas bajadas.
Cuando el primero de los agresores iba a levantar el bate, ella le lanzó una bola de fuego.
¿A que coño has venido?- gruñó el gorila más alto.
A cerrarte la puta boca-dijo al tiempo que calentaba el puño.
Cuando el primer bloqueador de chi lanzó el primer puñetazo, ella lo desvió y golpeó su cara quemando la carne que besó sus nudillos. Agarró al herido para usarlo como escudo cuando otro de sus rivales trató de golpearla con un bate. Al mismo tiempo que el bate partía en dos la cabeza del bloqueador de chi, Kera apoyaba sus manos en el suelos y concentraba su chi en el pie para lanzar una patada a su estomago. El golpe igneo dio en el blanco y, al tiempo que la mole se tambaleaba, ella se puso en posición y agarró la cabeza para estrellarla contra su rodilla. Cuando lo soltó la mole se retorcía y babeaba sangre.
Otro de los gorilas se lanzó hacia delante y ella se puso en guardia, pero eso le impidió ver al bloqueador de chi que se había colocado a su espalda mientras ella se ocupaba de sus compañeros. Con dos golpes la dejó sin chi y el gorila le pegó una paliza.
¿Que vas a hacer ahora, eh puta?- dijo el alfa.
Kera veía como la navaja de aquel tipo iba a rajar su cuello cuando una roca rompió su cara y le hizo babear sangre, al tiempo que, otro gorila era estrangulado por un látigo de agua. Entonces vio a Iria elevada en estado avatar gritando que "los iba a matar".
"Bueno" pensó Kera "Quizás si que haya esperanza"
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