Las cargas de pólvora nunca eran suficientes. Daba igual cuantos matases. Siempre había más. Cuando terminó con el último, empezó a sentirse solo. Rick anduvo por la primera planta del viejo hotel. El ascensor tenía la caldera rota. El bar musical estaba destrozado, el gramófono tenía el inductor de presión destrozado a mordiscos y alguien o algo se había cebado con los taburetes.
Las gotas de lluvia atravesaban los ventanales como una mala noticia, humedeciendo la sala y haciendo lo todo más pesado, convirtiendo el suelo de madera en una trampa. "Un reflejo de los tiempos, supongo". Pensó mientras comía de una lata de conservas abandonada.
El frío penetraba sus huesos, como una enfermedad que se cuela por dentro. Sentía el pasar de los meses y de los sucesos.
Un hecho, tras otro, tras otro... una losa pesada para un camino sin fin.
Miró su recortada y masajeo el machete. Quizás alguien con una gran habilidad para la simbología y la poesía, hubiera dicho que eran talismanes para un mundo que se muere. Pero él no era un poeta.
Entonces el olor lo impulsó a esconderse. Sintió la presencia de la criatura y aplicó un poco de aceite de motor a su cuello y axilas. Los pasos se volvieron errantes.
Había funcionado.
Saltó sobre la criatura, usandola de amortiguador. Penetró en la piel sin pelo y gris hasta que sintió como su machete acariciaba el hueso y las vísceras. Presionó la boca antes de que pudiera reaccionar y llamar a sus hermanos. Hundió su machete para silenciar al bicho. Tras eso, volvió la calma.
Apartó al bicho de su lado y limpió su herramienta.
Nadie sabía que eran o de donde habían salido. Él no conocía a nadie que les hubiese buscado un nombre. Solo sabía que aparecieron en algún momento, ya no podía recordar cuando, y lo arrasaron todo. Había oido historias después de la guerra de objetos que habían caído del espacio, o de granjas secretas del gobierno.
A Rick le bastaba con saber que eran ciegas, que sus zarpas cortaban todo y que las podías agujerear. El pasado y el origen de todo eran borrosos. Para él, recordar el día de su cumpleaños, el aspecto de su barrio o el día que la guerra empezó, era como mirar un lago turbio. A veces, cuando no estaba corriendo o se lo permitía, trataba de recordar su vida anterior, pero no podía.
Ni siquiera podía recordar el día que comenzó esta locura. Su memoria era una sabana rota, hecha con retazos que alguien había perdido por el camino.
Solo el recuerdo de una avioneta, propulsada por un nuevo tipo de motor, con carbón industrial, brillaba en su mente. El viaje, corto y descendente, de aquel prototipo parecía resistirse a abandonar su mente.
El sueño lo cazó y el mundo se volvió oscuro.
Un ruido de pasos lo despertó. Era un andar bípedo, diferente al de las bestias. Lo siguió por el pasillo, hasta las escaleras. persiguiendo a la sombra, llegó al vestíbulo.
Aquella sala no podía ser más obvia, pero se dejó guiar por un impulso y comenzó a mirar en todas las direcciones posibles y notó movimiento en las escaleras que conducían a los sotanos.
Adentrándose en las mazmorras que sostenían el hotel, rick comenzó a preguntarse porque seguía a eso. No sabía que o quien era, y su impulso le había hecho olvidar alguna medida de seguridad. Un peso lo arrastraba hacia las catacumbas. El hedor solo hacía más lento el camino.
Aunque avanzase solo encontraba restos de cosas, hombres o animales. Nada vivía ya. Ni siquiera la esperanza, quemada como el carbón, se desvanecía en estelas de humo.
Sus pensamientos lo guiaron al final del túnel, donde no había nada. El fracaso se junataba en el aíre con olor a criatura. Quiso no reaccionar pero algo le obligó a darse la vuelta. Rick clavó el cuchillo, y sintió una garra atravesar su carne.
El dolor le recordaba que estaba vivo y eso le hizo sonrreir.
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