miércoles, 17 de abril de 2019

Las ruinas de los bello

El día 15 de este mes, ardió, una parte de la historia cultural del continente Europeo, al mismo tiempo que, en Palestina, ardía una mezquita del sVIII. También ardía, en París, un símbolo de la dominación de una clase sobre otra, pues todos los monumentos son muestras de poder de los grupos dominantes.

Ha sido una constante desde que se erigió el primer tirano. Todos aquellos que han controlado la sociedad gracias a su poder, económico y político, han sabido que, como sus antecesores, nada era eterno y que, si querían sobrevivir al duro paso del tiempo, debían dejar un legado que los hiciera inmortales. Así se levantó la primera pirámide, se edificó el Taj Mahal o se diseñaron y construyeron las primeras catedrales. Élites nacientes o ya establecidas, usaron su poder para que las clases empobrecidas por su culpa, evitaran que el paso del tiempo los oscureciera.

Gracias a la sangre de miles de anónimos, siglo tras siglo, los grupos dominantes han creado obras de gran belleza qué, con mayor o menor suerte, han resistido el paso del tiempo y se han sorprendido a quienes las ven. Da igual que sean las pirámides mayas, o las catedrales del Kremlin. El mundo en el que vivimos es solo el resultado de lo que esas gentes, sin rostro y sin nombre, construyeron. Un mundo edificado en torno a la opresión.

Pero su destrucción no reparará la sangre derramada.

Que arda una iglesia, con una acústica y un esfuerzo arquitectónico inmensos, no compensará años de miseria y dolor. La destrucción incontrolada, innecesaria o, como el caso de esta semana, accidental, de aquello que construyeron quienes, injustamente, decidieron que podían gobernar el destino de miles no resolverá el dolor que causaron. No merece la pena arrasar con todo solo porque es obra de los ricos. No nos mueve la furia ciega, sino la esperanza, la búsqueda de un mañana mejor. Por eso arrasar con todo no es una opción. La mayor victoria será entregarle a los sucesores de quienes levantaron los muros, fraguaron la argamasa con su sudor y dejaron sus vidas en los cimientos, las llaves de estos lugares, para que los descendientes puedan disfrutar del fruto del esfuerzo de sus antepasados.


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