Algún Lugar en la parte Noroccidental de Eslovenia, año 1716
Mi corazón no se detiene ante nada, el cansancio no aparece, pues algo primigenio, corre por mis venas y me impulsa a seguir a delante. Un impulso salvaje pone un pie detrás de otro, mientras noto como el bosque me arranca jirones de ropa y de vida. Aquello que me mueve por dentro también me duele, la rabia acompaña al deseo de correr un metro más y, paso a paso, aprisiona mi corazón. Esquivo los arboles como si hubiera corrido una y otra vez entre ellos, como si la naturaleza fuese uno conmigo, no me importan las raspaduras. Solo son un segundo en la carrera de la supervivencia.
De pronto, un mastín de caza aparece frente a mi. Puedo sentir a sus compañeros cerca, y a sus amos a mis espaldas. Sus blanco dientes compiten contra el marrón manchado que cubre su lomo, su tamaño es lo suficiente grande como para esconder el instinto asesino de su especie. Salta sobre mi pero logro golpearle en el morro. El perro cae en el suelo, pero yo no espero. Dejo caer mi peso sobre sus costillas y vuelvo a golpear su cabeza. Oigo sus latidos apagándose cuando su cuerpo ya está alejado de mi. Sus hermanas me perseguirán con más rabia.
Minuto tras minuto, me adentro más en el bosque, aunque ya he abandonado mi raciocinio, mi mente aun puede sentir la luz de la luna llena sobre mi piel. El miedo ha desaparecido. Siento solo ganas de correr.
Pero el bosque no es eterno, y la vida tampoco. Una pared rocosa impide mi camino. Entonces oigo sus gritos tras de mi
Acabad con ella, dicen, es una de las perras del diablo, como su abuela y todas las de su estirpe. Pero ya no puedo oir más. Mi humanidad está cediendo ante la maldición familiar. Mis ropas se rompen mientras me crece mi pelo. Mis manos, ahora zarpas, desgarran y mutilan a todos los campesinos. El líder pierde sus entrañas dentro de mis fauces.
La bestia ha triunfado, mi humanidad ha muerto.
Larga vida a la estirpe de la loba.
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